Archivos para febrero, 2012

Presente

Publicado: Miércoles, febrero 29, 2012 en Uncategorized

A veces damos por sentado el presente y nos olvidamos de vivirlo. Estamos tan inconcientes de él como de la respiración, que cuando queremos disfrutarlo ya se esfumó detrás de nosotros en forma de pasado, y para siempre. Luego nos empeñamos en inmortalizar momentos entre fotos y videos para retener en las manos lo que antes o después se escurrirá entre los dedos, dejándonos la sensación de lo vivido solo en la informe figura de un recuerdo. Eso me pasó con el último grupo de amigos que conocí. Si bien yo ya soy pasado para ellos (me duele admitirlo), no termino de explicarme por qué ellos todavía son presente para mí (no me duele admitirlo).

Tal vez me dejé influenciar mucho por la televisión. Me hice la idea de que un grupo de amigos de verdad son los que pasan tiempo juntos, los que entran a la casa del otro sin pedir permiso, los que se pelean solo por encima porque el amor mutuo no los dejaría pelearse en serio aunque quisieran, los que no pueden contarse las aventuras sino recordarlas porque siempre las viven juntos… Sí, ya sé, mucha televisión, muchas series edulcoradas, muchas horas apostadas a Friends, Física o Química y La Banda del Golden Rocket. Pero bueno, quizás por falta de un hermano de mi generación o quizás por simple influencia televisiva, ése es el tipo de amigos que siempre he querido tener. No sé, quizás no exista un grupo así, quizás sí. Será que yo no sé buscar o que la televisión internacional me mintió, pero hasta ahora no lo he encontrado.

He pasado la vida buscando mi grupo de amigos, pero solo me había encontrado con presentes pasajeros, como los llamo yo, grupos cuyos miembros no cumplían los requisitos que me importaban. Pero el último grupo en el que estuve parecía más sólido. Cuando llegué ya estaba formado; me abrieron las puertas para conocerme, y no les habrá gustado lo que vieron porque en seguida nomás me las cerraron en la cara. Es verdad que yo no estaba en la misma sintonía que ellos, pues todavía andaba ocupado en plena lucha con mis inseguridades, acarreadas desde el pasado y acumuladas por años en mi espalda. Se trataba de un grupo imperfecto: a sus miembros les faltaba madurar aun y al grupo también, a veces no se veían ni se reunían durante muchos días, se mandaban a la mismísima mierda sin ninguna clase de remordimientos y los enojos podían durarles semanas enteras, pero aun así yo quedé prendado a ellos –aun lo estoy–; siento que ellos son mi lugar, y todavía no me explico por qué. Yo, que siempre estuve buscándolos, cuando los encontré no los supe reconocer debidamente, y perdí mi oportunidad. Así que aquí estoy ahora, tratando de olvidarlos y de asirme a un nuevo presente, aunque ni lo primero ni lo segundo me resulta tan fácil como les resultó a ellos.

No quiero que vuelva a sucederme lo mismo así que voy a dejar constancia de un presente que no sé por cuanto tiempo más se extenderá; un presente, un grupo de amigos, que pareciera estar formándose en mi propia cara y en mi propia casa.

Ya mencioné a las chicas que conocí en la despedida de Lautaro. Las mencioné sin mencionar porque estaban en pareja y no quiero perjudicarlas de ninguna manera. Las conocimos un sábado en la noche en la pista de un boliche. Ellas eran cuatro, nosotros tres. En cuarenta y ocho horas Lautaro se iría a vivir a La Rioja, así que habíamos salido a bailar él, su primo Rodrigo y yo con motivo de su despedida. Por azar, nuestro trío terminó bailando al lado del cuarteto de chicas y ahí empezó todo. De a ratos ellas se tomaban fotos y Lautaro y yo nos colábamos para salir en el fondo. Ese fue el primer acercamiento.

El segundo lo hizo Lautaro solo. Sabemos que a él ninguna chica le dice que no, así que algunas veces jugábamos con eso. Es sabido también que en todos los boliches de la ciudad, en algún momento, sonará la canción de la película Nueve Semanas y Media, esa que se hizo famosa por el strip tease de Kim Bassinger. Al son de la música se viven shows improvisados que elevan la temperatura del ambiente, según el boliche del que se trate y según la cantidad de alcohol consumida hasta el momento. Así que cuando comenzó a sonar You can leave your hat on, Lautaro comenzó a moverse sensualmente al compás de la música. Con una sonrisa pícara en los labios, miró fijamente a una de las chicas y la llamó con el dedo. Ella se acercó bailando y él le acortó la distancia. Dueño de la situación, se le apegó hasta que no quedó ningún espacio entre los dos e hizo su clásico meneo de caderas, recorriéndole el cuerpo de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Este segundo contacto duró solo un momento porque la chica, no sé si por vergüenza, nervios o prudencia, retrocedió, le regaló una sonrisa y volvió a su lugar en el grupo. Después de eso, las miradas entre ellos dos fueron fugaces pero decisivas.

Al tercer y definitivo acercamiento lo hice yo. El ritmo de la música cambiaba según los caprichos del DJ y su propia percepción del gusto general, así que cuando él lo creyó oportuno nos asaltó con un Ay si eu te pego que, aunque ya estaba bastante escuchada, todavía era una de las canciones de moda que arrancaba gritos en la muchedumbre y renovaba las ganas de bailar. Había una sola chica petiza en el cuarteto de mujeres. Bailaba de tal manera que de a ratos parecía estar bailando conmigo y de a ratos parecía tenerme de costado solo por azar. Yo notaba la señal, pero mis ojos se habían quedado estacionados en la morocha de rulos que parecía ser la más divertida del grupo, la que por azar también bailaba a mi lado. Cuando comenzó a sonar la canción de moda, esa que arrancaba gritos y ganas de bailar, la morocha andaba marcando presencia en otro grupo, pues iba y venía a cada rato sin permanencia fija en ninguno de los dos. Con la petiza bailándome directamente de frente, ya la señal era evidente, así que quise tener la cortesía de hacerle dar una vuelta, pero ella la interpretó como una invitación a bailar y no me soltó más.

Lautaro y Rodrigo aprovecharon la oportunidad al vuelo. Cuando noté que la petiza no me iba a soltar las manos después de la vueltita, busqué a los muchachos con la mirada pero ellos ya estaban emparejados, Lautaro con la chica que había bailado anteriormente y Rodrigo con la más flaca de todas. La morocha, que en ese momento hacía su intermitencia en el otro grupo, volvió, pero al ver que no había brazos para ella tuvo que regresar a donde estaba.

Nadie sabía hasta ese momento que tal como quedamos dispuestos, así nos relacionaríamos, pues la relación con esas cuatro desconocidas traídas por azar a nuestras vidas apenas si estaba empezando.

Al terminar el boliche decidimos ir a mi casa. Fue allí donde nos conocimos todos. La chica que estaba con Lautaro se llamaba Bella. Cualquiera habría dicho que le hacía honor al nombre, si es que uno no sabía cómo pronunciarlo, pues no se decía beya ni vela, sino bela, así con una sola L y con b larga. En efecto, Bella era blanca, bonita y llena de expresiones y ademanes de niña que la hacían ver más joven de lo que realmente era. Estaba casada, tenía dos hijos y era la mejor amiga de Rocío, la chica que estaba con Rodrigo.

Rocío era muy delgada, de rostro y labios finos, y llevaba todo el tiempo los cabellos cayéndole libremente sobre los hombros. Era de movimientos delicados y muy femeninos, a veces hablaba con voz de locutora y eso le imprimía un cierto refinamiento; incluso sus quejidos a la hora del amor tenían clase y sabían balancearse cómodamente entre lo delicado y lo salvaje sin caer ni una sola vez de su punto medio. Sonoros, largos y agudos, cada vez que eran proferidos parecían estar haciendo su debut por enésima vez. El sabor a prohibido también se sentía en la boca de Rocío, pues tenía un hijo y también estaba casada, aunque por esos días el marido andaba lejos mientras ella vacacionaba en casa de sus padres.

Morena sí le hacía honor a su nombre. Era la morocha que llamó mi atención desde el principio. Tenía rostro de nena, una nariz pequeña y unos labios que, cuando estaban quietos, quedaban dispuestos como para el beso. De entre esos labios perfectos salían tantas malas palabras que parecían ser producidas en serie, pero ni siquiera todas las maldiciones juntas lograban afearlos ni quitarles su perfección. Así pues, Morena parecía haber hecho de las maldiciones un arte no apto para oídos sensibles y dejaba caer palabrotas de su boca, una tras otra, con pasmosa facilidad. La inocencia de su imagen recordaba a la Pequeña Lulú, con los cabellos negros cayéndoles en bucles hasta los hombros, pero no condecía en absoluto con su prolífico vocabulario de marinero. Era la única de las cuatro que no tenía hijo, pero vivía con el hermano de Bella y Nuria en algo que parecía más una montaña rusa que una relación de concubinato. Así, mal hablada y con dueño, me gustaba porque cuando quería, sabía acariciar con la mirada y cuando bajaba la guardia, dejaba ver ese lado tierno que me invitaba a abrazarla y no dejarla ir más.

La última chica era Nuria, la petiza del grupo. Era hermana de Bella, pero nada tenían en común, salvo las tareas de la maternidad, ambas con dos hijos, pero el par de Nuria mayor que el de Bella. Nuria era morocha y un tanto rellena de cintura. Tenía una mirada apacible y una sonrisa tranquila, y cuando hablaba trataba de inspirar prudencia y sabiduría y madurez y moral y buen dominio de la gramática. Pero nada de esto nos impidió formarnos una opinión bastante negativa de su persona.

Cuando llegamos a casa, invité a Nuria a mi cuarto. Me dijo que no, que si bien estaba “un poco distanciada”, ella aun tenía novio y no era correcto que no lo respetara, que no se respetase, estando con otro hombre; que aunque ni yo ni ella iríamos a contarle nada, ella sabría lo que haría conmigo y no, no era prudente, pues tampoco quería darle semejante ejemplo a sus hijos; obvio que sus hijos –que por lo demás no pasaban de los cinco o seis años– no se enterarían, pero ella lo sabría y eso era suficiente; pero que me quedara tranquilo que ya iba a aparecer por ahí la chica que me mereciera y que me diera todo lo que ella no me podía dar.

A esta altura del discurso mi mente solo se repetía una sola cosa, “What the fuck???”. ¡Yo solo quería sexo, no casamiento! El discurso me cayó pesado porque las palabras contradecían la disposición mostrada desde el momento en que habíamos comenzado a bailar, y me pareció una pérdida de tiempo y de saliva desde el momento en que pronunció el primer no, pero lo escuché con expresión de gracias por tus palabras porque tampoco se trataba de dejarla ahí hablando sola, después de todo, lo caballero va con uno en toda circunstancia. ¿O no?

A Lautaro y a Rodrigo les fue mucho mejor que a mí. Estuvimos todos juntos hasta las nueve de la mañana del domingo y tras contarles a las chicas sobre la inminente partida de Lautaro, acordamos encontrarnos de nuevo en la noche para terminar de despedirlo. Así que varias horas después, volvieron todas a mi casa todas menos Rocío, que dio aviso de ausencia con la debida antelación.

Esa noche terminamos de formarnos una mala opinión de Nuria, que ya venía acumulando puntos negativos por haberse mostrado tan dispuesta en el boliche para luego cerrarme el ingreso al paraíso con un candado de dudosa moralidad.

Cenamos en la terraza de mi casa. El corso que acontecía a un kilómetro de distancia aportó un telón de fondo. Charlamos, nos conocimos y congeniamos. En el proceso, Bella y Lautaro encontraron otros modos de congeniar y conocerse. Mientras ellos se dejaban llevar por las tibias y pantanosas aguas de su amor prohibido, Nuria trataba de boicotear la exploración de los cuerpos con recursos que iban desde un simple alegato pseudomoral del que yo fui víctima, hasta el llamado liso y llano de ¡vámonos a casa rápido! Se esforzó para que nadie tuviera sexo esa noche, especialmente su hermana, y se extendió en otro discurso sobre la prudencia y el no debo, por lo demás completamente inútil y sin sentido porque a estas alturas Bella ya naufragaba exhausta y feliz en los brazos de su amante.

Las noches siguientes volvimos a juntarnos, pero esta vez solo con Bella y Morena, pues ya habíamos dejado bien en claro que Nuria quedaría fuera del grupo. Las chicas estuvieron completamente de acuerdo, así que los encuentros les exigían a ellas la invención de tramas que estuvieran bien armadas hasta en los detalles, que fueran complejas pero parecieran simples, que no se repitieran y que parecieran naturales.

Rodrigo y Rocío no se hacían tanto problema. Ellos se contactaban por mensajes de texto o a través del bienamado Facebook y listo, no había nada más que arreglar. En cambio con Bella y Morena era distinto porque aparte de ser cuñadas y comadres, eran cómplices y debían armar justificaciones que explicaran las desapariciones de ambas durante varias horas.

Entre Morena y yo no había más que una incipiente amistad. Yo quería cruzar esa barrera pero el hecho de que la pareja de Morena fuera nada menos que el hermano de Bella me frenaba en seco. Se notaba que Morena lo quería al chico, pero no era feliz; se le notaban las ganas de dejarlo, pero también el miedo a perderlo. Así que yo, que ya andaba sintiendo la necesidad de un grupo estable de amigos, decidí apostarle a su amistad y guardarme bien en el fondo del bolsillo las ganas de besar la perfección de sus labios y el deseo urgente de llevarla conmigo al tumultuoso mar de los amores prohibidos.

Fueron noches de risas y de escape las que vivimos, pero no fueron muchas. Vivíamos de noche y nuestro presente –o al menos el mío– comenzaba cuando se ponía el sol. Al final, uno de esos días Lautaro tuvo que subirse finalmente a un colectivo e irse a empezar de nuevo a otro lugar. Me había dicho tres meses, pero la verdad es que yo no sabía cuándo volvería a verlo o si acaso volvería a hacerlo. Estuve tan pendiente de su partida que no había notado la llegada de unas amigas nuevas a mi vida, sino hasta que nos encontramos solos, frente a frente, varios días después. Recién entonces me pregunté si esas chicas sentadas en la terraza de mi casa con una confianza y naturalidad como si nos conociéramos desde hace años, eran parte del grupo de amigos que tanto estaba buscando o solo una brisa pasajera que se iría al final del verano.

[http://www.youtube.com/watch?v=YiyGiHM1D_8]

Volver a Empezar

Publicado: Martes, febrero 28, 2012 en Uncategorized

Volver A Empezar

Eran pasadas las once y ya me estaba resignando a dormir temprano un sábado a la noche. Lautaro, el Superman argentino que en no sé qué momento dejó de ser mi amigo y se convirtió en mi hermano, no daba señales de vida. Le había mandado un par de mensajes sabiendo que andaba sin crédito y sin plata; pero quién sabe, pensé, quizás la Providencia le acreditara un peso para que pudiera contestarme. No se lo acreditó, pero a la larga, Lautaro no me defraudó. Nunca lo hizo, por eso el silencio del teléfono me estaba poniendo de mal humor. Y –seré sincero– lo que más me molestaba era ver que la posibilidad de pasar el último fin de semana juntos se estaba diluyendo en el aire. En un par de días más se va a cumplir la fucking ley de Murphy que me persigue: Si te encariñás con alguien y ese alguien se encariña con vos, la vida se lo llevará lejos o la muerte lo despachará al otro lado. En el caso de Lau, por suerte, es la primera opción.

Conocí a Lautaro una tarde del 2010, en el gimnasio que luego sería el punto de encuentro cotidiano del grupo que se formaría más tarde. El momento en que lo vi por primera vez había unos cuantos muchachos entrenando y sudando, más por el calor del lugar que por el esfuerzo con las pesas. Él entró al salón con su pantalón deportivo azul y una musculosa blanca, e inmediatamente llamó la atención de todos. Muy pocos lo miraron de frente, con franca admiración. Era alto, blanco, bastante apuesto y con un cuerpo atlético que resultó ser afrodisíaco para las mujeres. Otros, lo miraron de reojo, con envidia pero con respeto, con admiración oculta. Pasó por mi lado y me saludó con una sonrisa amplia, como si ya me conociera. Los días siguientes me saludó de la misma manera, y yo –que por esa época no me quería tanto como debía quererme a mí mismo– quedé sorprendido por la familiaridad con la que me trataba. No me parecía real que una persona de su calibre percatara la existencia de una persona del mío. Su humildad fue un imán para mí, sobre todo cuando comenzó a hablarme con total libertad. Así nos conocimos, no sé decir si fue de a poco o de repente porque ambas formas serían correctas para describir como empezó todo.

Una tarde, a muy poco de habernos conocido, Lautaro me contó que practicaba artes marciales y pasó a relatarme algunas peleas callejeras bastante violentas en las que había participado. Yo, que en esa época vivía encerrado en mí mismo, ahí nomás le conté que la mentira y la violencia eran las dos cosas que jamás toleraré a nadie. “A vos nunca te haría daño, Emma. Yo nunca pelearía con vos”, me respondió, recalcando el nunca, y no fue necesario nada más para declararlo mi amigo.

Nuestro punto de encuentro siempre fue el gimnasio. Ahí nos encontrábamos todos los días, pero hubo temporadas en las que no nos veíamos por mucho tiempo porque Superman será Superman, pero también tiene que comer, y debe trabajar para poder hacerlo. Entre pesas y mancuernas, entre los mates en la vereda y la tertulia obligatoria en medio de facturas que contradecían todo el esfuerzo que realizábamos adentro, Lau y yo forjamos nuestra amistad. Otros más que revoloteaban alrededor fueron ampliando el grupo. Gaby, Ely, Carlín, Maxi, y más recientemente, Diego, Tavo, Shakira y Carlita, están entre ellos. Algunos llegaron, estuvieron y pasaron, como es natural, pero el grupo esencial, la columna vertebral de las mateadas en la vereda del gimnasio, los que explotaban a carcajadas cuando se encontraban, los que no se permitían olvidarse mutuamente, esos permanecimos siempre. Todavía se nos encuentra alrededor de la mesa, en la vereda del gimnasio, riendo y explotando a carcajadas, sin las facturas, pero con el mate y la charla siempre dispuestos a la mesa.

En todo el tiempo que conozco a Lautaro, lo he visto soltero, de novio, juntado y separado. Primero fue novio y luego papá. Hoy, mientras escribo esto, su hija cumple su primer añito de vida. Hubo una época en que no lo vi por un buen tiempo. Cuando apareció, traía consigo a Diego, un amigo que la vida le regaló para siempre. Todo el tiempo que no había visto a Lautaro, ellos habían estado cimentando su amistad, así que para cuando ambos aparecieron por el gimnasio, Lautaro presentó a Diego como su “hermanito”. Jugaban, bromeaban y se entendían a la perfección. Me gustaba ver que una relación surgida de la nada se iba convirtiendo en algo tan importante para ambos, así que de a ratos deseaba ser Diego y merecer una amistad así, pero bueno, era la época en que no creía mucho en mí y no me consideraba digno de merecerlo porque recordaba lo que había sido mi pasado y me autocondenaba a la soledad. La familia de Diego tenía una panadería y era él quien nos malcriaba con toda clase de masas a la hora del mate. Eso fue hasta que Diego tuvo que salir de la ciudad y debimos reemplazar las facturas con galletas y bizcochos que nunca estuvieron a la altura de sus delicias.

Poco después del exilio de Diego, Lautaro y yo nos unimos más. Por causa de terceros y un malentendido, tuvimos nuestra peleíta que duró unas cuantas semanas, pero que después arreglamos, charla de por medio, y la dejamos en el pasado. Salíamos a bailar, íbamos juntos a la pileta, iniciábamos rutinas de ejercicios que nunca pasaban del primer día y hablábamos; sobre todo eso, hablábamos.

Una noche, ya más cerca en el tiempo, salimos con la idea de tomar algo por ahí, hablar hasta que Lautaro pudiera desahogarse porque había tenido un día bastante feo, y regresar temprano cada uno a su casa. Esa noche un boliche de la ciudad organizaba una fiesta de la espuma, así que cuando llegamos a uno de mis pubs favoritos no nos pareció raro encontrarlo vacío. En ese lugar, y cervezas de por medio, Lautaro me dijo que yo era su mejor amigo. Me negué a creerle y le pedí que no dijera eso, pues yo podría tomarlo en serio y él, que no sabía todo lo que yo había hecho en mi pasado, se arrepentiría de sus palabras si llegaba a saberlo. Después de un rato fuimos a otro pub, uno que me gusta porque allí suena mucho rock nacional. También estaba vacío. Tampoco nos sorprendió. En ese lugar, Lautaro me pidió que le hablara de mi pasado y le contara eso que me condenaba. Yo, cervezas de por medio, estuve cerca de hacerlo, y posiblemente el alcohol habría ablandado mi lengua si no hubiera sido porque decidimos cruzarnos al boliche de en frente, donde era la fiesta de la espuma, a comprar cigarros. Como la espuma ya llegaba a la vereda y la entrada era gratis, cambiamos los planes y terminamos poniendo un lindo broche de oro a la noche, bailando y nadando en espuma, pero sin revelar secretos.

Otra noche, hace poco nomás, mientras esperábamos que el aburridísimo Corso Color 2012 mostrara su parte de corso y desplegara algo de color, en lo posible antes de que terminara el 2012, Lautaro me dijo que yo era su mejor amigo, y me aclaró que no estaba borracho. Tampoco quise creerle y volví a pedirle que no dijera eso, pero no me hizo caso. Lo repitió en otras oportunidades y yo, que ya ando tratando de quererme más, menos encerrado en mí mismo y confiando un poco más en mí, ya no me atreví a callarlo.

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Así llegamos a la noche del sábado con la que inicié el relato. Tarde en la noche Lautaro dio señales de vida para que fuéramos a bailar. La posibilidad de tener una última salida de despedida había vuelto. Salimos con Ronaldo, un primo de Lautaro con el que ya había charlado un par de veces, y esa noche conocimos un grupo de chicas que resultaron ser de lo mejor (no doy nombres porque están casadas, de novia o en pareja). La clandestinidad le dio a la noche un gustito a prohibido que sabía bastante especial.

Recibimos el amanecer en la terraza de mi casa, riendo y charlando. Ya de día, cuando tocaba despedirse, nos sacamos un montón de fotos para inmortalizar el momento porque la verdad es que nadie quería irse, pero las ataduras obligaban. Quedamos en vernos esa noche para repetir el ritual, y lo repetimos durante tres noches más. Al final, el postergado viaje de Lautaro no se pudo postergar más y el día de la partida llegó. Lo vi por última vez la noche anterior, que era un miércoles, pero que yo tomé como un martes porque los últimos días venía dado vueltas viviendo de noche y durmiendo de día. Estuvimos solos un rato, tomando café, en silencio, cada uno en lo suyo, él con la computadora, yo con el teléfono. Cuando nos despedimos, lo hicimos con la idea de vernos al día siguiente, antes de que él subiera al colectivo (Superman vuela, pero no le gusta viajar solo). Era muy posible que no nos viéramos al día siguiente, y los dos lo sabíamos, pero a veces uno es tan tonto que no quiere dar el abrazo final justamente para impedir que ese final llegue.

Sin embargo, el final llegó. Lautaro se fue. Mientras termino de escribir esto, él todavía está viajando. Dice que va a volver, pero en parte yo espero que no lo haga hasta que triunfe en lo que él ama, que son las artes marciales. Se fue con una mochila cargada de sueños y espero que le haya hecho lugar al coraje y a la perseverancia, porque los va a necesitar.

Yo me quedé aquí, otra vez solo –la historia de mi vida–. Hay dos motivos por los que no quería que Lautaro me dijera que yo era su mejor amigo. Al primero de ellos me lo reservo porque está en mi pasado, porque es feo y porque quiero enterrarlo hasta que se convierta en abono de mi nueva vida. El segundo motivo es la fucking ley de Murphy que siempre aleja de mí a las personas que me quieren.

Al irse Lautaro me quedé sin amigos de verdad. Los que me quedan son buenos y muy queridos, pero no llegan al nivel que llegaron Lautaro, Fabi y otros que la vida se encargó de alejar de mí para siempre, a excepción de Josema, que se alejó solo y no sé si algún día volverá.

Hoy, cinco días después de haber comenzado a escribir este relato, decido tener un génesis más en mi vida y comenzar de nuevo, al igual que Lau. Me propongo enterrar el pasado, aunque me cueste, quererme como debe ser, salir de la burbuja en la que estuve viviendo toda mi vida y no seguir solo. Si lo logro, va a ser evidente al festejar mi cumpleaños –en unos cuatro meses– con la gente que me quiera, pues haré una fiesta a todo dar para celebrarme a mí y a la amistad. Quiero empezar a vivir la vida que tuve postergada desde el principio, y quiero hacerlo acompañado de amigos y, por qué no, de algún amor. Quiero y voy a hacerlo. No lograrlo no es una opción, así que…

Vida, ¡aquí voy!