Volver a Empezar

Publicado: Martes, febrero 28, 2012 en Uncategorized

Volver A Empezar

Eran pasadas las once y ya me estaba resignando a dormir temprano un sábado a la noche. Lautaro, el Superman argentino que en no sé qué momento dejó de ser mi amigo y se convirtió en mi hermano, no daba señales de vida. Le había mandado un par de mensajes sabiendo que andaba sin crédito y sin plata; pero quién sabe, pensé, quizás la Providencia le acreditara un peso para que pudiera contestarme. No se lo acreditó, pero a la larga, Lautaro no me defraudó. Nunca lo hizo, por eso el silencio del teléfono me estaba poniendo de mal humor. Y –seré sincero– lo que más me molestaba era ver que la posibilidad de pasar el último fin de semana juntos se estaba diluyendo en el aire. En un par de días más se va a cumplir la fucking ley de Murphy que me persigue: Si te encariñás con alguien y ese alguien se encariña con vos, la vida se lo llevará lejos o la muerte lo despachará al otro lado. En el caso de Lau, por suerte, es la primera opción.

Conocí a Lautaro una tarde del 2010, en el gimnasio que luego sería el punto de encuentro cotidiano del grupo que se formaría más tarde. El momento en que lo vi por primera vez había unos cuantos muchachos entrenando y sudando, más por el calor del lugar que por el esfuerzo con las pesas. Él entró al salón con su pantalón deportivo azul y una musculosa blanca, e inmediatamente llamó la atención de todos. Muy pocos lo miraron de frente, con franca admiración. Era alto, blanco, bastante apuesto y con un cuerpo atlético que resultó ser afrodisíaco para las mujeres. Otros, lo miraron de reojo, con envidia pero con respeto, con admiración oculta. Pasó por mi lado y me saludó con una sonrisa amplia, como si ya me conociera. Los días siguientes me saludó de la misma manera, y yo –que por esa época no me quería tanto como debía quererme a mí mismo– quedé sorprendido por la familiaridad con la que me trataba. No me parecía real que una persona de su calibre percatara la existencia de una persona del mío. Su humildad fue un imán para mí, sobre todo cuando comenzó a hablarme con total libertad. Así nos conocimos, no sé decir si fue de a poco o de repente porque ambas formas serían correctas para describir como empezó todo.

Una tarde, a muy poco de habernos conocido, Lautaro me contó que practicaba artes marciales y pasó a relatarme algunas peleas callejeras bastante violentas en las que había participado. Yo, que en esa época vivía encerrado en mí mismo, ahí nomás le conté que la mentira y la violencia eran las dos cosas que jamás toleraré a nadie. “A vos nunca te haría daño, Emma. Yo nunca pelearía con vos”, me respondió, recalcando el nunca, y no fue necesario nada más para declararlo mi amigo.

Nuestro punto de encuentro siempre fue el gimnasio. Ahí nos encontrábamos todos los días, pero hubo temporadas en las que no nos veíamos por mucho tiempo porque Superman será Superman, pero también tiene que comer, y debe trabajar para poder hacerlo. Entre pesas y mancuernas, entre los mates en la vereda y la tertulia obligatoria en medio de facturas que contradecían todo el esfuerzo que realizábamos adentro, Lau y yo forjamos nuestra amistad. Otros más que revoloteaban alrededor fueron ampliando el grupo. Gaby, Ely, Carlín, Maxi, y más recientemente, Diego, Tavo, Shakira y Carlita, están entre ellos. Algunos llegaron, estuvieron y pasaron, como es natural, pero el grupo esencial, la columna vertebral de las mateadas en la vereda del gimnasio, los que explotaban a carcajadas cuando se encontraban, los que no se permitían olvidarse mutuamente, esos permanecimos siempre. Todavía se nos encuentra alrededor de la mesa, en la vereda del gimnasio, riendo y explotando a carcajadas, sin las facturas, pero con el mate y la charla siempre dispuestos a la mesa.

En todo el tiempo que conozco a Lautaro, lo he visto soltero, de novio, juntado y separado. Primero fue novio y luego papá. Hoy, mientras escribo esto, su hija cumple su primer añito de vida. Hubo una época en que no lo vi por un buen tiempo. Cuando apareció, traía consigo a Diego, un amigo que la vida le regaló para siempre. Todo el tiempo que no había visto a Lautaro, ellos habían estado cimentando su amistad, así que para cuando ambos aparecieron por el gimnasio, Lautaro presentó a Diego como su “hermanito”. Jugaban, bromeaban y se entendían a la perfección. Me gustaba ver que una relación surgida de la nada se iba convirtiendo en algo tan importante para ambos, así que de a ratos deseaba ser Diego y merecer una amistad así, pero bueno, era la época en que no creía mucho en mí y no me consideraba digno de merecerlo porque recordaba lo que había sido mi pasado y me autocondenaba a la soledad. La familia de Diego tenía una panadería y era él quien nos malcriaba con toda clase de masas a la hora del mate. Eso fue hasta que Diego tuvo que salir de la ciudad y debimos reemplazar las facturas con galletas y bizcochos que nunca estuvieron a la altura de sus delicias.

Poco después del exilio de Diego, Lautaro y yo nos unimos más. Por causa de terceros y un malentendido, tuvimos nuestra peleíta que duró unas cuantas semanas, pero que después arreglamos, charla de por medio, y la dejamos en el pasado. Salíamos a bailar, íbamos juntos a la pileta, iniciábamos rutinas de ejercicios que nunca pasaban del primer día y hablábamos; sobre todo eso, hablábamos.

Una noche, ya más cerca en el tiempo, salimos con la idea de tomar algo por ahí, hablar hasta que Lautaro pudiera desahogarse porque había tenido un día bastante feo, y regresar temprano cada uno a su casa. Esa noche un boliche de la ciudad organizaba una fiesta de la espuma, así que cuando llegamos a uno de mis pubs favoritos no nos pareció raro encontrarlo vacío. En ese lugar, y cervezas de por medio, Lautaro me dijo que yo era su mejor amigo. Me negué a creerle y le pedí que no dijera eso, pues yo podría tomarlo en serio y él, que no sabía todo lo que yo había hecho en mi pasado, se arrepentiría de sus palabras si llegaba a saberlo. Después de un rato fuimos a otro pub, uno que me gusta porque allí suena mucho rock nacional. También estaba vacío. Tampoco nos sorprendió. En ese lugar, Lautaro me pidió que le hablara de mi pasado y le contara eso que me condenaba. Yo, cervezas de por medio, estuve cerca de hacerlo, y posiblemente el alcohol habría ablandado mi lengua si no hubiera sido porque decidimos cruzarnos al boliche de en frente, donde era la fiesta de la espuma, a comprar cigarros. Como la espuma ya llegaba a la vereda y la entrada era gratis, cambiamos los planes y terminamos poniendo un lindo broche de oro a la noche, bailando y nadando en espuma, pero sin revelar secretos.

Otra noche, hace poco nomás, mientras esperábamos que el aburridísimo Corso Color 2012 mostrara su parte de corso y desplegara algo de color, en lo posible antes de que terminara el 2012, Lautaro me dijo que yo era su mejor amigo, y me aclaró que no estaba borracho. Tampoco quise creerle y volví a pedirle que no dijera eso, pero no me hizo caso. Lo repitió en otras oportunidades y yo, que ya ando tratando de quererme más, menos encerrado en mí mismo y confiando un poco más en mí, ya no me atreví a callarlo.

******

Así llegamos a la noche del sábado con la que inicié el relato. Tarde en la noche Lautaro dio señales de vida para que fuéramos a bailar. La posibilidad de tener una última salida de despedida había vuelto. Salimos con Ronaldo, un primo de Lautaro con el que ya había charlado un par de veces, y esa noche conocimos un grupo de chicas que resultaron ser de lo mejor (no doy nombres porque están casadas, de novia o en pareja). La clandestinidad le dio a la noche un gustito a prohibido que sabía bastante especial.

Recibimos el amanecer en la terraza de mi casa, riendo y charlando. Ya de día, cuando tocaba despedirse, nos sacamos un montón de fotos para inmortalizar el momento porque la verdad es que nadie quería irse, pero las ataduras obligaban. Quedamos en vernos esa noche para repetir el ritual, y lo repetimos durante tres noches más. Al final, el postergado viaje de Lautaro no se pudo postergar más y el día de la partida llegó. Lo vi por última vez la noche anterior, que era un miércoles, pero que yo tomé como un martes porque los últimos días venía dado vueltas viviendo de noche y durmiendo de día. Estuvimos solos un rato, tomando café, en silencio, cada uno en lo suyo, él con la computadora, yo con el teléfono. Cuando nos despedimos, lo hicimos con la idea de vernos al día siguiente, antes de que él subiera al colectivo (Superman vuela, pero no le gusta viajar solo). Era muy posible que no nos viéramos al día siguiente, y los dos lo sabíamos, pero a veces uno es tan tonto que no quiere dar el abrazo final justamente para impedir que ese final llegue.

Sin embargo, el final llegó. Lautaro se fue. Mientras termino de escribir esto, él todavía está viajando. Dice que va a volver, pero en parte yo espero que no lo haga hasta que triunfe en lo que él ama, que son las artes marciales. Se fue con una mochila cargada de sueños y espero que le haya hecho lugar al coraje y a la perseverancia, porque los va a necesitar.

Yo me quedé aquí, otra vez solo –la historia de mi vida–. Hay dos motivos por los que no quería que Lautaro me dijera que yo era su mejor amigo. Al primero de ellos me lo reservo porque está en mi pasado, porque es feo y porque quiero enterrarlo hasta que se convierta en abono de mi nueva vida. El segundo motivo es la fucking ley de Murphy que siempre aleja de mí a las personas que me quieren.

Al irse Lautaro me quedé sin amigos de verdad. Los que me quedan son buenos y muy queridos, pero no llegan al nivel que llegaron Lautaro, Fabi y otros que la vida se encargó de alejar de mí para siempre, a excepción de Josema, que se alejó solo y no sé si algún día volverá.

Hoy, cinco días después de haber comenzado a escribir este relato, decido tener un génesis más en mi vida y comenzar de nuevo, al igual que Lau. Me propongo enterrar el pasado, aunque me cueste, quererme como debe ser, salir de la burbuja en la que estuve viviendo toda mi vida y no seguir solo. Si lo logro, va a ser evidente al festejar mi cumpleaños –en unos cuatro meses– con la gente que me quiera, pues haré una fiesta a todo dar para celebrarme a mí y a la amistad. Quiero empezar a vivir la vida que tuve postergada desde el principio, y quiero hacerlo acompañado de amigos y, por qué no, de algún amor. Quiero y voy a hacerlo. No lograrlo no es una opción, así que…

Vida, ¡aquí voy!

 

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