Presente

Publicado: Miércoles, febrero 29, 2012 en Uncategorized

A veces damos por sentado el presente y nos olvidamos de vivirlo. Estamos tan inconcientes de él como de la respiración, que cuando queremos disfrutarlo ya se esfumó detrás de nosotros en forma de pasado, y para siempre. Luego nos empeñamos en inmortalizar momentos entre fotos y videos para retener en las manos lo que antes o después se escurrirá entre los dedos, dejándonos la sensación de lo vivido solo en la informe figura de un recuerdo. Eso me pasó con el último grupo de amigos que conocí. Si bien yo ya soy pasado para ellos (me duele admitirlo), no termino de explicarme por qué ellos todavía son presente para mí (no me duele admitirlo).

Tal vez me dejé influenciar mucho por la televisión. Me hice la idea de que un grupo de amigos de verdad son los que pasan tiempo juntos, los que entran a la casa del otro sin pedir permiso, los que se pelean solo por encima porque el amor mutuo no los dejaría pelearse en serio aunque quisieran, los que no pueden contarse las aventuras sino recordarlas porque siempre las viven juntos… Sí, ya sé, mucha televisión, muchas series edulcoradas, muchas horas apostadas a Friends, Física o Química y La Banda del Golden Rocket. Pero bueno, quizás por falta de un hermano de mi generación o quizás por simple influencia televisiva, ése es el tipo de amigos que siempre he querido tener. No sé, quizás no exista un grupo así, quizás sí. Será que yo no sé buscar o que la televisión internacional me mintió, pero hasta ahora no lo he encontrado.

He pasado la vida buscando mi grupo de amigos, pero solo me había encontrado con presentes pasajeros, como los llamo yo, grupos cuyos miembros no cumplían los requisitos que me importaban. Pero el último grupo en el que estuve parecía más sólido. Cuando llegué ya estaba formado; me abrieron las puertas para conocerme, y no les habrá gustado lo que vieron porque en seguida nomás me las cerraron en la cara. Es verdad que yo no estaba en la misma sintonía que ellos, pues todavía andaba ocupado en plena lucha con mis inseguridades, acarreadas desde el pasado y acumuladas por años en mi espalda. Se trataba de un grupo imperfecto: a sus miembros les faltaba madurar aun y al grupo también, a veces no se veían ni se reunían durante muchos días, se mandaban a la mismísima mierda sin ninguna clase de remordimientos y los enojos podían durarles semanas enteras, pero aun así yo quedé prendado a ellos –aun lo estoy–; siento que ellos son mi lugar, y todavía no me explico por qué. Yo, que siempre estuve buscándolos, cuando los encontré no los supe reconocer debidamente, y perdí mi oportunidad. Así que aquí estoy ahora, tratando de olvidarlos y de asirme a un nuevo presente, aunque ni lo primero ni lo segundo me resulta tan fácil como les resultó a ellos.

No quiero que vuelva a sucederme lo mismo así que voy a dejar constancia de un presente que no sé por cuanto tiempo más se extenderá; un presente, un grupo de amigos, que pareciera estar formándose en mi propia cara y en mi propia casa.

Ya mencioné a las chicas que conocí en la despedida de Lautaro. Las mencioné sin mencionar porque estaban en pareja y no quiero perjudicarlas de ninguna manera. Las conocimos un sábado en la noche en la pista de un boliche. Ellas eran cuatro, nosotros tres. En cuarenta y ocho horas Lautaro se iría a vivir a La Rioja, así que habíamos salido a bailar él, su primo Rodrigo y yo con motivo de su despedida. Por azar, nuestro trío terminó bailando al lado del cuarteto de chicas y ahí empezó todo. De a ratos ellas se tomaban fotos y Lautaro y yo nos colábamos para salir en el fondo. Ese fue el primer acercamiento.

El segundo lo hizo Lautaro solo. Sabemos que a él ninguna chica le dice que no, así que algunas veces jugábamos con eso. Es sabido también que en todos los boliches de la ciudad, en algún momento, sonará la canción de la película Nueve Semanas y Media, esa que se hizo famosa por el strip tease de Kim Bassinger. Al son de la música se viven shows improvisados que elevan la temperatura del ambiente, según el boliche del que se trate y según la cantidad de alcohol consumida hasta el momento. Así que cuando comenzó a sonar You can leave your hat on, Lautaro comenzó a moverse sensualmente al compás de la música. Con una sonrisa pícara en los labios, miró fijamente a una de las chicas y la llamó con el dedo. Ella se acercó bailando y él le acortó la distancia. Dueño de la situación, se le apegó hasta que no quedó ningún espacio entre los dos e hizo su clásico meneo de caderas, recorriéndole el cuerpo de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Este segundo contacto duró solo un momento porque la chica, no sé si por vergüenza, nervios o prudencia, retrocedió, le regaló una sonrisa y volvió a su lugar en el grupo. Después de eso, las miradas entre ellos dos fueron fugaces pero decisivas.

Al tercer y definitivo acercamiento lo hice yo. El ritmo de la música cambiaba según los caprichos del DJ y su propia percepción del gusto general, así que cuando él lo creyó oportuno nos asaltó con un Ay si eu te pego que, aunque ya estaba bastante escuchada, todavía era una de las canciones de moda que arrancaba gritos en la muchedumbre y renovaba las ganas de bailar. Había una sola chica petiza en el cuarteto de mujeres. Bailaba de tal manera que de a ratos parecía estar bailando conmigo y de a ratos parecía tenerme de costado solo por azar. Yo notaba la señal, pero mis ojos se habían quedado estacionados en la morocha de rulos que parecía ser la más divertida del grupo, la que por azar también bailaba a mi lado. Cuando comenzó a sonar la canción de moda, esa que arrancaba gritos y ganas de bailar, la morocha andaba marcando presencia en otro grupo, pues iba y venía a cada rato sin permanencia fija en ninguno de los dos. Con la petiza bailándome directamente de frente, ya la señal era evidente, así que quise tener la cortesía de hacerle dar una vuelta, pero ella la interpretó como una invitación a bailar y no me soltó más.

Lautaro y Rodrigo aprovecharon la oportunidad al vuelo. Cuando noté que la petiza no me iba a soltar las manos después de la vueltita, busqué a los muchachos con la mirada pero ellos ya estaban emparejados, Lautaro con la chica que había bailado anteriormente y Rodrigo con la más flaca de todas. La morocha, que en ese momento hacía su intermitencia en el otro grupo, volvió, pero al ver que no había brazos para ella tuvo que regresar a donde estaba.

Nadie sabía hasta ese momento que tal como quedamos dispuestos, así nos relacionaríamos, pues la relación con esas cuatro desconocidas traídas por azar a nuestras vidas apenas si estaba empezando.

Al terminar el boliche decidimos ir a mi casa. Fue allí donde nos conocimos todos. La chica que estaba con Lautaro se llamaba Bella. Cualquiera habría dicho que le hacía honor al nombre, si es que uno no sabía cómo pronunciarlo, pues no se decía beya ni vela, sino bela, así con una sola L y con b larga. En efecto, Bella era blanca, bonita y llena de expresiones y ademanes de niña que la hacían ver más joven de lo que realmente era. Estaba casada, tenía dos hijos y era la mejor amiga de Rocío, la chica que estaba con Rodrigo.

Rocío era muy delgada, de rostro y labios finos, y llevaba todo el tiempo los cabellos cayéndole libremente sobre los hombros. Era de movimientos delicados y muy femeninos, a veces hablaba con voz de locutora y eso le imprimía un cierto refinamiento; incluso sus quejidos a la hora del amor tenían clase y sabían balancearse cómodamente entre lo delicado y lo salvaje sin caer ni una sola vez de su punto medio. Sonoros, largos y agudos, cada vez que eran proferidos parecían estar haciendo su debut por enésima vez. El sabor a prohibido también se sentía en la boca de Rocío, pues tenía un hijo y también estaba casada, aunque por esos días el marido andaba lejos mientras ella vacacionaba en casa de sus padres.

Morena sí le hacía honor a su nombre. Era la morocha que llamó mi atención desde el principio. Tenía rostro de nena, una nariz pequeña y unos labios que, cuando estaban quietos, quedaban dispuestos como para el beso. De entre esos labios perfectos salían tantas malas palabras que parecían ser producidas en serie, pero ni siquiera todas las maldiciones juntas lograban afearlos ni quitarles su perfección. Así pues, Morena parecía haber hecho de las maldiciones un arte no apto para oídos sensibles y dejaba caer palabrotas de su boca, una tras otra, con pasmosa facilidad. La inocencia de su imagen recordaba a la Pequeña Lulú, con los cabellos negros cayéndoles en bucles hasta los hombros, pero no condecía en absoluto con su prolífico vocabulario de marinero. Era la única de las cuatro que no tenía hijo, pero vivía con el hermano de Bella y Nuria en algo que parecía más una montaña rusa que una relación de concubinato. Así, mal hablada y con dueño, me gustaba porque cuando quería, sabía acariciar con la mirada y cuando bajaba la guardia, dejaba ver ese lado tierno que me invitaba a abrazarla y no dejarla ir más.

La última chica era Nuria, la petiza del grupo. Era hermana de Bella, pero nada tenían en común, salvo las tareas de la maternidad, ambas con dos hijos, pero el par de Nuria mayor que el de Bella. Nuria era morocha y un tanto rellena de cintura. Tenía una mirada apacible y una sonrisa tranquila, y cuando hablaba trataba de inspirar prudencia y sabiduría y madurez y moral y buen dominio de la gramática. Pero nada de esto nos impidió formarnos una opinión bastante negativa de su persona.

Cuando llegamos a casa, invité a Nuria a mi cuarto. Me dijo que no, que si bien estaba “un poco distanciada”, ella aun tenía novio y no era correcto que no lo respetara, que no se respetase, estando con otro hombre; que aunque ni yo ni ella iríamos a contarle nada, ella sabría lo que haría conmigo y no, no era prudente, pues tampoco quería darle semejante ejemplo a sus hijos; obvio que sus hijos –que por lo demás no pasaban de los cinco o seis años– no se enterarían, pero ella lo sabría y eso era suficiente; pero que me quedara tranquilo que ya iba a aparecer por ahí la chica que me mereciera y que me diera todo lo que ella no me podía dar.

A esta altura del discurso mi mente solo se repetía una sola cosa, “What the fuck???”. ¡Yo solo quería sexo, no casamiento! El discurso me cayó pesado porque las palabras contradecían la disposición mostrada desde el momento en que habíamos comenzado a bailar, y me pareció una pérdida de tiempo y de saliva desde el momento en que pronunció el primer no, pero lo escuché con expresión de gracias por tus palabras porque tampoco se trataba de dejarla ahí hablando sola, después de todo, lo caballero va con uno en toda circunstancia. ¿O no?

A Lautaro y a Rodrigo les fue mucho mejor que a mí. Estuvimos todos juntos hasta las nueve de la mañana del domingo y tras contarles a las chicas sobre la inminente partida de Lautaro, acordamos encontrarnos de nuevo en la noche para terminar de despedirlo. Así que varias horas después, volvieron todas a mi casa todas menos Rocío, que dio aviso de ausencia con la debida antelación.

Esa noche terminamos de formarnos una mala opinión de Nuria, que ya venía acumulando puntos negativos por haberse mostrado tan dispuesta en el boliche para luego cerrarme el ingreso al paraíso con un candado de dudosa moralidad.

Cenamos en la terraza de mi casa. El corso que acontecía a un kilómetro de distancia aportó un telón de fondo. Charlamos, nos conocimos y congeniamos. En el proceso, Bella y Lautaro encontraron otros modos de congeniar y conocerse. Mientras ellos se dejaban llevar por las tibias y pantanosas aguas de su amor prohibido, Nuria trataba de boicotear la exploración de los cuerpos con recursos que iban desde un simple alegato pseudomoral del que yo fui víctima, hasta el llamado liso y llano de ¡vámonos a casa rápido! Se esforzó para que nadie tuviera sexo esa noche, especialmente su hermana, y se extendió en otro discurso sobre la prudencia y el no debo, por lo demás completamente inútil y sin sentido porque a estas alturas Bella ya naufragaba exhausta y feliz en los brazos de su amante.

Las noches siguientes volvimos a juntarnos, pero esta vez solo con Bella y Morena, pues ya habíamos dejado bien en claro que Nuria quedaría fuera del grupo. Las chicas estuvieron completamente de acuerdo, así que los encuentros les exigían a ellas la invención de tramas que estuvieran bien armadas hasta en los detalles, que fueran complejas pero parecieran simples, que no se repitieran y que parecieran naturales.

Rodrigo y Rocío no se hacían tanto problema. Ellos se contactaban por mensajes de texto o a través del bienamado Facebook y listo, no había nada más que arreglar. En cambio con Bella y Morena era distinto porque aparte de ser cuñadas y comadres, eran cómplices y debían armar justificaciones que explicaran las desapariciones de ambas durante varias horas.

Entre Morena y yo no había más que una incipiente amistad. Yo quería cruzar esa barrera pero el hecho de que la pareja de Morena fuera nada menos que el hermano de Bella me frenaba en seco. Se notaba que Morena lo quería al chico, pero no era feliz; se le notaban las ganas de dejarlo, pero también el miedo a perderlo. Así que yo, que ya andaba sintiendo la necesidad de un grupo estable de amigos, decidí apostarle a su amistad y guardarme bien en el fondo del bolsillo las ganas de besar la perfección de sus labios y el deseo urgente de llevarla conmigo al tumultuoso mar de los amores prohibidos.

Fueron noches de risas y de escape las que vivimos, pero no fueron muchas. Vivíamos de noche y nuestro presente –o al menos el mío– comenzaba cuando se ponía el sol. Al final, uno de esos días Lautaro tuvo que subirse finalmente a un colectivo e irse a empezar de nuevo a otro lugar. Me había dicho tres meses, pero la verdad es que yo no sabía cuándo volvería a verlo o si acaso volvería a hacerlo. Estuve tan pendiente de su partida que no había notado la llegada de unas amigas nuevas a mi vida, sino hasta que nos encontramos solos, frente a frente, varios días después. Recién entonces me pregunté si esas chicas sentadas en la terraza de mi casa con una confianza y naturalidad como si nos conociéramos desde hace años, eran parte del grupo de amigos que tanto estaba buscando o solo una brisa pasajera que se iría al final del verano.

[http://www.youtube.com/watch?v=YiyGiHM1D_8]

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