Archivos para marzo, 2012

Juntos A La Par

Publicado: Domingo, marzo 18, 2012 en Uncategorized

Los días siguientes a la partida de Lautaro tenían un sabor extraño.  Ya me había acostumbrado a su presencia, así que sentía la ausencia de Superman, como lo llamaba yo, y extrañaba las horas de risas, mates y charlas que compartíamos. Pero por otro lado estaba feliz porque cada día era una nueva posibilidad de lograr el propósito de encontrar un amor y unos amigos de verdad, y no quería desperdiciar ni un solo día en esa búsqueda.

Apenas Lautaro se fue dejé de ver a Bella, a Morena y a Rocío, pues la partida de mi amigo coincidió con la llegada del esposo de Bella a la ciudad, de modo que ellas debieron cuidar las apariencias durante varios días. Volvieron a casa luego de que el esposo de Bella viajara nuevamente para continuar su trabajo. En cuanto a la pareja de Morena, que era hermano de Bella, no trabajaba ni viajaba, gastaba su tiempo merodeando por ahí en compañía de sus amigos, pero casi no representaba problema para las chicas porque la relación que Morena había establecido los eximía a ambos de dar explicaciones.

Bella y Morena regresaron a mi casa un viernes, diez días después del último encuentro. Me alegré de verlas y de poder compartir nuevamente un tiempo con ellas. Ronaldo y Rocío no estaban presentes, pues desde el principio ellos habían arreglado sus encuentros de manera separada, para comodidad de ambos. Charlamos de todo; ellas dieron un informe completo de lo que hicieron durante los días que no nos habíamos visto y yo, que soy parco para las palabras si de hablar de mí se trata, desvié la conversación a cuestiones triviales cuando me llegó el turno de informar. Llevábamos la charla en zigzag, de un tema a otro, pero su epicentro siempre fue Superman. Bella lo extrañaba y trataba de llenar el vacío con palabras y recuerdos que le alivianaran la nostalgia. El problema era que no tenía muchos recuerdos porque había sido poco el tiempo compartido, así que recurrió a mí para que le ayudara a paliar la ausencia.

Yo atendía de buena gana su necesidad, tanto porque me gustaba compartir tiempo con las dos como porque en parte esa necesidad también era la mía. La primera vez que regresaron luego de no vernos por tantos días, fue un aliciente para los tres, y se notaba que queríamos estar juntos.

Como Bella había ido con uno de sus hijos, Morena estuvo detrás de él todo el tiempo, ya jugando, ya cuidándolo. Debió haber sido que yo la miraba con otros ojos, o quizás fue por esa intuición que tienen las mujeres y que raras veces falla o tal vez fue el simple gusto de completar el emparejamiento de los seis, no sé, pero Bella me indagó sobre Morena. Terminé diciéndole que sí, que me gustaba, pero se lo dije con cierta cautela. Mis pensamientos se enredaban en la ética del asunto, pues no se trataba de ir y hablar como si nada, después de todo, el marido de Morena era el mismísimo hermano de Bella. Por eso me sorprendió la actitud de Bella, que parecía aceptar la posibilidad de que algo surgiera entre su cuñada y yo. De todas maneras, traté de ser cauteloso con las palabras. Había conversado con Morena y me había enviado señales confusas. Deduje que quizás quería algo pero no se animaba a más porque pensaba en su cuñada y en la difícil situación en que la pondría si llegase a ser cómplice de un engaño a su propio hermano.

Al final de la noche, ellas no querían irse y yo tampoco quería que se fueran, pero las circunstancias y el teatro montado ante la familia exigían la partida. Prometieron volver al día siguiente, y así lo hicieron.

Cuando se fueron esa noche, me enfrasqué en pensamientos inútiles. Morena me gustaba, tenía una personalidad que me resultaba atractiva, una mirada que me llenaba todos los espacios vacíos y una boca que, a pesar de proferir maldiciones todo el tiempo, no perdía su sensualidad ni su delicada forma de beso. Era conciente de que me había propuesto buscar un amor de verdad y no meras compañías de sábanas; era conciente de que Morena ya estaba en pareja con alguien; era conciente de la contradicción de que, si llegaba a suceder algo entre los dos, debía mantenerse en la clandestinidad y eso justamente era lo que quería evitar en mis relaciones; era conciente de que casi nada estaba a mi favor, salvo mis ganas y mi prolífica imaginación que ya varias veces antes me había jugado en contra. Era conciente, pero mi imaginación encontraba modos de que ella y yo termináramos juntos sin que nadie resultara herido; algo me decía que ella podía acompañarme a caminar hacia adentro, en la búsqueda de mí mismo que había emprendido un tiempo atrás; la veía a mi lado, desandando mis caminos y abriendo otros nuevos junto a mí. La evaluaba en un hipotético día a día y aprobaba todos los exámenes. Estaba dispuesto a que algo, cualquier cosa, se iniciara en la clandestinidad, estaba dispuesto a jugar de suplente por un tiempo –corto–, pero tenía en claro que, para no perder el honor, en algún momento las reglas de ese juego debían volcarse a mi favor. Pensamientos inútiles todos porque no solo que ninguno aportaba claridad a la situación, sino que me mantenían enredado en un proyecto de relación que no terminaba de definirse.

Bella y Morena aparecieron el sábado a las seis o siete de la tarde, tal como lo prometieron. Acompañamos la charla y las risas con unos cuantos cigarros. Al caer la noche, le sumamos unos vinos a la reunión. Bella volvió a hablarme de Morena, pero esta vez de un modo que me alentaba a avanzar, endulzándome el oído con la posibilidad de que el gusto que yo sentía fuera mutuo. Y  yo, que ya comenzaba a perderme en los vapores del alcohol, me sentí más seguro después de sus palabras. Aun así, la vocecita que me hacía ruido con el asunto de la ética se las arreglaba para hacerse escuchar de vez en cuando.

Era de madrugada ya cuando a Bella se le ocurrió la perfecta excusa de retirarse para acompañar el sueño de su hijo, que dormía plácidamente en mi cuarto. Los vinos que nos habíamos tomado continuaron su efecto en mí, pues no sé beber demasiado, pero parecían no encontrar todavía el camino hacia la conciencia de Morena, que seguía lúcida y en todos sus cabales.

Estuvimos un rato a solas. Volvió a darme sus quejas del marido que, aunque estaba, parecía ausente y más ocupado en sus propios amigos que en su pareja. La convivencia parecía rutinaria, mecánica, y la única pasión que les quedaba surgía solo en los momentos de discusión.  Sentí la necesidad de decir algo para aportar, si no una solución, por lo menos un alivio, pero la persistente vocecita me decía que no era ético que justamente yo, que quería besarla y hacerla mía, que quería verla dormirse en mis brazos y no en los de él, que quería despertarla en mi cama y no en la suya, opinara al respecto. Hablé tratando de ser neutral y coherente hasta donde mi apocada razón me lo permitió. Ella me miró y me escuchó con atención.  Pensaba vaya Dios a saber qué cosas. Luego tomó la computadora, se conectó a internet y se refugió en Facebook. Por un segundo me pareció un alivio porque ya no éramos yo y mi falta de labia su único punto de interés, pero luego odié el sitio, odié sus aplicaciones, en especial el chat, y al mismísimo Mark Zuckerberg por haberlo creado. Morena encontró conectados a algunos de sus amigos y se concentró más en ellos que en mí. Sin mirarme siquiera, me comentó que su hermano, que andaba enojado con ella, se había conectado al chat –sí, a esa hora de la madrugada– y se debían una charla importante la cual, conociéndolo a él, no iba a ocurrir nunca en vivo y en directo. “¡Mark Zuckerberg, cómo te odio!” Con la excusa de darle privacidad y espacio para que mantuviera la charla importante con el hermano dolido, me levanté resignado para irme a dormir. No me dejó ir. Insistí. Ella insistió más. Así que me senté de nuevo, animado no sé si por sus palabras o por el vino tinto que ya se había apoderado de mis venas y daba sus estocadas finales a la vocecita de mi endeble conciencia.

Quizás fueron ambas cosas. Me quedé a su lado y guardé silencio para no interrumpir sus pensamientos ni la charla importante con el hermano. No sé en qué momento noté su brazo desnudo que apenas si movía los dedos para apretar las teclas de la computadora y comencé a acariciarlo despacio, suavecito. Cuando levanté la vista, Morena lloraba, al parecer el hermano había desahogado su enojo más de la cuenta. Le sequé las lágrimas con delicadeza y no la besé solo porque soy un tonto sin remedio.

Cuando terminó la charla con el hermano herido ella se recompuso y nos fuimos a dormir. Mi cama es grande, así que nos acomodamos los cuatro, Bella, su hijo, Morena y yo. El que mejor descansaba era el niño, que de a ratos se movía a sus anchas y adoptaba poses inverosímiles. Apagué la luz de la lámpara y me acomodé en la orilla de la cama. Pasé un brazo debajo de la cabeza de Morena y con el otro le tomé una mano y la abracé. Ella se dejó. La luz de la luna entraba por la ventana con cierta timidez. El hijo de Bella se movió y nos destapó una vez más, así que me levanté para acomodar las sábanas. En la penumbra, pude ver la silueta de Bella recortada contra la pared, quieta como una figura dormida. Me acerqué a la boca de Morena y sin preámbulos ni trámites la besé. Le recorrí los labios perfectos y los saboreé con calma. Ella respondió a todo con similares movimientos. Nos besamos con delicadeza. Acaricié sus labios con los míos, despacio, suavecito. Luego me recosté de lado, ella se acomodó en mi pecho y nos dormimos abrazados.

Cuando las primeras luces del cielo entraron por la ventana, Morena y yo dormíamos. Abrí los ojos y fui feliz al verla ahí, a la par mía. Contemplé su rostro de nena, le deseé los buenos días con el corazón y así, con la mirada, la acaricié despacio, suavecito. Seguíamos abrazados, yo tomándola por la cintura, ella, muy juntito a mí, sin soltarme ni un momento.

La Muralla

Publicado: Miércoles, marzo 14, 2012 en Uncategorized

No sé si le pasa a todo el mundo o solo a mí o quizás a unos cuantos. Uno, si darse cuenta, a veces levanta murallas que dividen la vida en dos, en tres, en todas las partes que uno crea necesarias. Tengo mis recuerdos de infancia, como todo el mundo, y hasta ayer creí que tenía mis recuerdos prácticamente completos, esos donde están la familia, la banda de amigos, los parientes, los primeros amores… Pero no, resulta que no era como yo pensaba. Ayer vino un mensajero del pasado, me subió a lo alto de una de estas murallas y me hizo ver el panorama que había olvidado. Los recuerdos que para mí eran el bosque de mi infancia resultaron ser solo dos o tres árboles que para nada cubren la extensión de toda mi niñez.

Domingo en la noche. Última fiesta de la espuma del año. Considerando que aun no acaba febrero y que la próxima fiesta sería recién en diciembre, era de suponer que todo el mundo querría estar ahí para tener después un recuerdo más que saborear hasta la llegada del próximo fin de año, que por otro lado, vaya a saber dónde nos irá a encontrar. Yo también quería estar en esa fiesta, la última, la despedida de las vacaciones, del verano, de los descansos eternamente prolongados, así que fui con un par de amigos. Estuvimos entre los primeros en ingresar al lugar, lo que ya es un signo de suerte porque cada vez que se organiza una fiesta de la espuma en ese boliche, adentro termina abarrotado de gente, con adolescentes y adultos deseosos de satisfacer todas las fantasías que las hormonas o la libido les exaltan en medio de un carnaval de espuma, perreos, música y alcohol, mientras afuera, hordas desesperadas por entrar a vivir ese carnaval cortan la avenida y generan un verdadero operativo policíaco.

El lugar se llenó rápido, al punto que tardé diez minutos en llegar a la barra, ubicada a una distancia que en situaciones normales no superaba los quince pasos. Ir al baño fue toda una aventura: apreté, me apretaron, pisé pies, me pisaron, toqué tetas, culos, caras y manos; me tocaron, me abrazaron, me manosearon y hasta me rociaron alcohol porque nunca falta un temerario al que se le ocurre cruzar el boliche de punta a punta con un vaso repleto de vino. Bailamos, nos reímos, tocamos, nos tocaron, nos bañamos de espuma y nos cansamos.

A la salida, justo donde el agua y la espuma encuentran su cauce hacia la calle, ahí donde nace y termina la cordura, de un lado con luces psicodélicas y del otro con las luces de la calle, ahí lo vi. Era mi pasado, que había cruzado todas las murallas para encontrarme con los pies mojados, en la cima de la escalera de un boliche atestado de borrachos.

Se llama Carlos Alberto. Lleva nombre de telenovela mexicana, pero yo toda la vida le dije Chango. Ya de chiquito era rechoncho como su abuelo y tirando a grandote, como el padre. A él lo recuerdo, claro que sí. Aunque hacía muchísimo tiempo que no lo veía, su cara era la misma, solo que más gorda. En realidad él me reconoció a mí primero y me habló con cierta duda. Según me dijo después, no estaba seguro de que yo fuera yo, por lo cambiado. No es el primero que me lo dice. Me gusta eso.

Me contó que gracias a sus dotes esotéricas, tenía varios seguidores en la ciudad, principalmente mujeres, y para darme una prueba de sus palabras llamó a Gisel, conocida mía que justo andaba por ahí, y ella misma dijo que le había pagado el pasaje para que Chango nos visitara, en agradecimiento por los favores recibidos. Chango tenía una hermana menor, yo no lo sabía. Surgió de entre la multitud como una aparición, y le pidió algo de plata. Cuando nos encontramos, Chango andaba con algunos amigos y un vaso enorme de cerveza, pero en los enredos de la salida, justo a la hora del alba con el boliche vomitando gente y espuma, amigos, hermana y seguidoras se le perdieron y solo quedamos el vaso de cerveza y yo. Quise despedirme pero él insistió en que fuéramos hasta su casa, que allá me tiraría las cartas. Esa era, pues, su nueva profesión.

En el camino me contó que luego de trabajar para la Gendarmería Nacional y ser guardia de seguridad, recibió la herencia de su abuela materna. La viejita le había traspasado el poder de leer en las cartas españolas lo que nosotros, mortales comunes y analfabetos, jamás podremos siquiera ver. Lo que no sé es si la viejita realizó el traspaso antes o después de morir porque en estos asuntos ambas cosas parecen ser perfectamente posibles. Como si eso fuera poco, Chango tenía también la maestría necesaria para realizar “trabajos” y gualichos con efectividad comprobada, al punto que no permitía que le pagaran sino hasta surtido el efecto de su obra. Caminamos varias cuadras hasta encontrar un remisse. Mientras él hablaba yo lo observaba desde mi conciencia nublada por el exceso de alcohol y de espuma. Desde niño, Chango tuvo bien desarrollado el valioso talento de ser buscavidas, así que no me extrañó su nuevo trabajo. Lo miraba caminar y no podía evitar la comparación con Hagrid, el gigante protector de Harry Potter. Se lo dije sonriendo y él me devolvió una sonrisa sarcástica. Parece que yo no era el primero que se lo decía.

Chango es morocho y enorme, en lo alto y en lo ancho. Su cara redonda termina en un pequeño hocico por el que se pronuncia toda clase de maldiciones, sin ningún tipo de censura ni filtro. Le gusta andar descalzo, así que apenas llegamos a su casa se quitó los zapatos, no sin antes putearme y culparme de que justo esa noche hubiera habido fiesta de la espuma. Me regañaba en voz baja, no para crear ambiente de complicidad, sino para no interrumpir el sueño de su madre, que dormía al otro lado de la ventana. Tenía los pies enormes. Esta vez se me cruzó Shrek por la cabeza, y no sé si soy el primero en quien despierta semejante comparación, pero no me animé a averiguarlo, después de todo estábamos en su cancha.

Lunes. Seis y media de la mañana. Feriado nacional. Chango se las arregló para conseguir cerveza. Pocas cosas hay más obstinadas que un borracho sediento. Ya provisto de alcohol y munido de sus herramientas de trabajo, Chango me tiró las cartas. Le pedí que me hablara del pasado reciente para comprobar la efectividad de su arte, pues me negaba a creer en el lenguaje oculto de unas simples cartas de chinchón. Me hablaba en voz baja, no tanto por la naturaleza privada del asunto, sino en consideración al sueño de la familia, pues no solo había sido la madre la que dormía, sino también el esposo y la hermana menor, que por arte de magia había desaparecido de la espuma y aparecido tendida en su cama como un bella durmiente. Me hizo tallar las cartas, luego separarlas en tres grupos y después escoger catorce cartas al azar. Sus interpretaciones no me satisfacían, así que quise asegurarme que fuera realmente el pasado reciente de lo que me estaba hablando.

_Es de todo, Em-ma-nuel –se protegió él, resaltando mi nombre-. Esto va todo junto.

_Che, Chango –me atreví a acotar con una sonrisita cómplice, no sé si animado por la confianza de los años o por el alcohol–…, no le estás acertando mucho. Bah, fuera de la parte laboral, no estás acertando en nada.

_Sí, Em-ma-nuel –me contradijo él–, solo que vos no lo querés aceptar.

_¿Pero vos estás seguro que esto funciona? Capáz que como estás… medio tomadito, no estás leyendo bien.

_Funciona, Emmanuel. Funciona. Además, ¿sabés qué dicen mis clientas? ¿Qué dicen mis clientas, mamá, qué pasa cuando tomo?

_Leés mejor –respondieron desde atrás de la ventana.

Chango quiso convencerme de que todo lo que él decía era cierto, pero al ver que sus palabras no me hacían cambiar de opinión, me dio un par de consejos para el futuro cercano, recogió las cartas, las guardó en la cajita en las que habían llegado y dio por finalizada la sesión. Inmediatamente comenzó a hablar de mi infancia, sin transición entre un asunto y el otro. Estaba comenzando sus relatos cuando llegó su hermano un poco borracho, haciendo bulla y alertando a los perros. Chango le dijo que callara, pues madre, pareja y hermana dormían todavía. El hermano se sentó a la mesa con nosotros y Chango continuó su exposición. Contaba hechos que, se supone, yo viví con él y con los otros amigos de la infancia. Mientras él hablaba, yo urgaba en mis recuerdos, pero no encontraba ni pizca de lo que él decía. Daba nombres, descripciones, detalles de los hechos, pero yo seguía sin poder recordar. Se esforzaba por llevarme al pasado o por traer el pasado hacia mí, pero no servía de nada, parecía que hablaba de otra persona que yo ni siquiera conocía. De a ratos salpicaba sus esfuerzos con maldiciones, o se detenía en un rosario de malas palabras cuando él mismo no recordaba bien un nombre o un apellido.

_¡Ay, mierda! ¡Cómo se llamaba la madre del chango éste, la que se murió, pues! –renegaba él.

_Ramona –contestaban desde atrás de la ventana.

_¡Ésa! ¿Acaso no te acordás de ella? ¿Y del hijo? ¡No te acordás del hijo! ¡Era tu amigo, hijo de puta, era tu amigo!

Y yo seguía sin recordar. Hacía mucho esfuerzo, lo juro, pero parecía que me estaban hablando de alguien que yo jamás había visto. Se siente feo no recordar lo propio, no saberlo. Hablaban de mí, de cosas que hice y que viví en carne propia, pero no podía recordar nada de nada. Era otra persona la que había vivido esa vida, alguien que yo no conocía.

Recordé, sí, a Marcela, la chica que vivía al frente de mi casa y de quien yo estaba enamorado, pero recién en las narraciones de Chango me enteré que yo lo había mandado a él a meterse a la casa de ella cuando estaba vacía, para dejarle una carta de amor que yo mismo había escrito, y que después, cuando él fue descubierto por los padres de Marcela, me deshice del asunto asegurando que Chango había entrado a robar.

Siempre me vi a mí mismo como un chico tranquilo, pero ahí me enteré que era yo quien propiciaba aventuras que en más de una ocasión revolucionaron a la cuadra entera y algunas de ellas hasta amenazaron con romper la paz entre los vecinos. A una de las chicas adolescentes de la cuadra que andaba toda alborotada con sus sueños de ser modelo y que nos propinó sendas cachetadas por un inocente globo de agua en pleno carnaval, le hicimos pagar la falta de espíritu con un baño de alquitrán, y pasaron días enteros tratando de quitárselo de la cabeza (supuestamente, lo del alquitrán fue idea mía); al mismo Chango lo engañé para hacerle morder la cola con un perro y llevarme su bicicleta nueva; a él también lo expuse a un yacaré que casi almuerza su brazo y, de paso, casi me almuerza a mí (de esto último sí me acuerdo, cómo olvidarlo, pero lo del brazo no; del revuelo que hubo entre los vecinos por culpa del yacaré, tampoco); para conseguir dinero fácil se hacía tráfico de cigarrillos con Doña Clelia, una señora obesa y con los pulmones a la deriva que tenía estrictamente prohibido acercarse al tabaco (supuestamente, ése traficante también era yo, pues nada se había dicho de que el tabaco se acercara a ella); una vez conseguimos permiso para ir al cine a ver películas de niños, pero nosotros nos escondimos entre los telones de la sala para ver las películas del horario de la noche y la trasnoche, así que mientras nuestras madres lloraban y nos hacían buscar con la policía, nosotros disfrutábamos de nuestros primeros acercamientos a la pornografía (según Chango, eso también fue idea mía). Hubo un muerto también, pero ese no fue mi culpa. Se trataba de un vecino que nos invitaba a jugar a la bolilla en la vereda de su casa. Quiso Dios que el hombre cayera muerto de un ataque justo cuando estaba conmigo, pero esta vez yo no hice nada, lo juro. No lo recuerdo, pero lo juro porque de haber hecho algo tampoco podría olvidarlo.

El día se escurrió entre estos recuerdos. Chango no me dejaba partir. Luego de muchos intentos de marcharme a descansar, pude volver a mi casa en la tarde, confundido por la cerveza y los recuerdos que no recordaba. Salí a la avenida, pero me sentí caminando en una calle del pasado, peleando por alcanzar el presente que se me desvanecía en la bruma del alcohol. Atrás quedaban la Bella Durmiente que, haciendo honor al nombre, nunca despertó hasta que yo me fui; la madre que finalmente despertó, dio la cara y siguió con su aporte de datos a la cronología; el hermano, que terminó divagando como un zombie por la casa porque en toda la tarde no pudo ganarle a la borrachera; Chango, que en venganza por mi pronta partida, aseguró que no haría ningún gualicho a mi favor como lo había prometido horas atrás.

Me baño y me acuesto. Me duele la cabeza. El sueño empieza a ganarme. Mientras me lleva me pregunto lo mismo que me pregunté desde que salí de aquella máquina del tiempo escondida en una calle perdida de un barrio lejano. ¿Por qué no recuerdo nada de mí? Tengo tan poquitos recuerdos de mi infancia y de mi adolescencia, pero hasta ahora pude darme vuelta con estos pocos. ¿Acaso yo elegí qué mantener y qué descartar? Creo que sí. Hay cosas que preferiría que no hubieran sucedido y supongo que una forma de cambiar el pasado es olvidándolo. Tengo la impresión de que Chango apareció de nuevo en mi vida como lo hacen algunos personajes-mensajeros de las series de televisión: están uno o dos capítulos y se van, pero en ese capítulo te dejan nuevas cosas para pensar.

A punto de dormirme, sigo de pie sobre la muralla. Chango me hizo pensar en todo lo que fui, en lo que soy y en lo que quiero ser. Hace unos días, con la partida de mi amigo Lautaro, decidí comenzar de nuevo. Hay sucesos detrás de todas mis murallas que no me dejan apropiarme de los recuerdos que me regaló Chango, al menos por ahora. Me propuse celebrar mi cumpleaños con amigos de verdad y hasta con una novia fija, pero todavía tengo que encontrarlos, construir recuerdos nuevos porque los que me convidaron hoy son de otra persona. Esas murallas deben continuar de pie, las necesito. Voy a bajarme, quiero dormir.

Tengo sueño. Tengo sueños. Cierro los ojos y me entrego al silencio y a la oscuridad.

http://www.youtube.com/watch?v=zEVwgub5Ul0

A Vivir

Publicado: Viernes, marzo 2, 2012 en Uncategorized

Esta mañana me desperté contento.  Esta sensación de que estoy empezando un capítulo nuevo en mi vida se siente bien, quizás porque ahora sí tengo una meta clara, un propósito. Cuando abrí los ojos me envolvió la luz que entraba por la ventana. Al cielo le brillaba una sonrisa diáfana y azul y, como en las películas, unos pajaritos cantaban cerca de mi ventana. Estoy empezando de nuevo y el día soleado y cálido es un muy buen augurio.

No puedo evitar la comparación con Lautaro. Hace ya dos días que está viviendo en otra provincia, iniciando él también una etapa nueva en su vida. Por supuesto que hablamos y nos escribimos todo el tiempo, pero igual lo extraño.

Me contó que apenas se acomodaron, comenzaron los problemas. Hubo enfrentamientos entre compañeros y hasta peleas en las que salió a relucir una que otra arma blanca en el medio. Él, por suerte, está al margen de todo, y le pedí que siguiera manteniéndose así. La verdad es que no sé por cuánto tiempo más podrá mantenerse neutral y alejado de esos problemas, pues vive y trabaja con las personas que están ocasionándolos. Me contó que como es alto y blanco, anda desentonando con el resto del grupo, formado mayormente por indígenas, y los lugareños piensan que él es alguien allegado al ingeniero que oficia de jefe. Esta diferencia, por ahora, le juega a favor. Ojalá que la mudanza le sirva de trampolín para llegar a otros lugares donde sí pueda iniciar su carrera como luchador de judo.

De todos modos, hoy yo amanecí contento. No me pasó nada extraordinario en estos dos días, salvo el gozo interior de saber que tengo todas las posibilidades a mi favor. No sé de dónde saco tanta seguridad, pues por lógica nada me asegura que triunfe en mi cometido, sin embargo, aquí estoy, feliz mientras miro hacia adelante. Hubo un momento del día en que se me cruzaron por la cabeza dos personas que hasta hace poco se llamaban mis amigos y que no sé por qué todavía las quiero, y la tristeza amenazó con invadir y ganar terreno. No la dejé.

Volví a mirar hacia adelante y me sentí feliz otra vez al tomar conciencia de que estoy recuperando un viejo amor: la escritura. Hace mucho que no escribía, y soy conciente de que estoy un poco oxidado. Cuando niño, escribía todos los días durante horas y horas. Un papel en blanco no era un simple papel en blanco, era el lugar donde podían vivir personajes extraordinarios protagonizando historias y aventuras extraordinarias, con solo proponérmelo. Un papel en blanco era una invitación a poblarlo con palabras y, más allá de ellas, con realidades nuevas y posibilidades infinitas.

Muchas horas de mi adolescencia también fueron consagradas a historias y personajes que trabajé con paciencia de artesano. Inútil todo, al final, porque un buen día a mi hermano le entraron ganas de limpiar la casa y terminó llevando al fuego todo lo que encontraba en su camino y que, a su juicio, era basura. Hasta ahí llegaron una larga lista de personajes e incontables horas de historias finamente elaboradas hasta en sus mínimos detalles; los cremaron a todos el mismo día, sin preámbulos ni vueltas.

Cuando mi hermano supo lo que había hecho lamentó el genocidio pero ya era tarde. Yo, una vez repuesto del duelo, seguí escribiendo. Como lo hice siempre, escribía para mí mismo y no dejaba que nadie leyera mis historias. Una vez, mientras estaba todavía en los primeros intentos, aprendiendo el oficio de oído y sin guía alguna, una prima mía leyó uno de mis trabajos. Sin ninguna maldad y solo con intenciones de juego, comenzó a burlarse de lo que yo había escrito. Me marcó tanto la vergüenza de ese momento que nunca más le mostré nada a nadie, hasta ahora con estos relatos.

No sé en qué momento dejé de escribir. Ya adulto, me di cuenta de que antes escribía para escaparme de la realidad. Ahora vuelvo a lo que quizás fue mi primer amor. Esta vez también lo hago por placer y por terapia, porque cuando escribo, siento que las cosas cobran sentido y que puedo verlas más claramente. Escribir es, al mismo tiempo, el ancla que me ayuda a mantener los pies firmes en la tierra y las alas que necesito para desprenderme de todo lo terrenal que me ata. Paradójico, ¿no?

Como dije, nada extraordinario sucedió en estos últimos dos días. O, mejor dicho, en estos primeros dos días desde que decidí empezar a vivir de nuevo, pero estoy seguro de que algo bueno está viniendo. Por ahora, tengo la necesidad de escribir.

Tengo estas ganas locas de salir a vivir la vida, recorrer el camino hasta el fondo del alma, porque en realidad este viaje que empecé hace dos días es una travesía hacia mí mismo, una ida –y un regreso a la vez–, a mi esencia, a la persona que siempre debí ser y que nunca pude.

Voy a buscar a Emmanuel, no sé en qué parte del camino nos separamos, pero voy a buscarlo y lo voy a encontrar.

Tengo ganas de vivir y voy a hacerlo. Tengo ganas de abrazar al mundo y… ¿Sabés qué? ¡Lo estoy haciendo! Ahora, con estas palabras, lo estoy haciendo. Si acaso hay alguien ahí leyendo esto, que se quede quieto un ratito, mientras escucha la canción de abajo y termina de leer el resto de la oración porque en estas palabras va mi abrazo.

http://www.youtube.com/watch?v=7Kqlt6oTuJI