A Vivir

Publicado: Viernes, marzo 2, 2012 en Uncategorized

Esta mañana me desperté contento.  Esta sensación de que estoy empezando un capítulo nuevo en mi vida se siente bien, quizás porque ahora sí tengo una meta clara, un propósito. Cuando abrí los ojos me envolvió la luz que entraba por la ventana. Al cielo le brillaba una sonrisa diáfana y azul y, como en las películas, unos pajaritos cantaban cerca de mi ventana. Estoy empezando de nuevo y el día soleado y cálido es un muy buen augurio.

No puedo evitar la comparación con Lautaro. Hace ya dos días que está viviendo en otra provincia, iniciando él también una etapa nueva en su vida. Por supuesto que hablamos y nos escribimos todo el tiempo, pero igual lo extraño.

Me contó que apenas se acomodaron, comenzaron los problemas. Hubo enfrentamientos entre compañeros y hasta peleas en las que salió a relucir una que otra arma blanca en el medio. Él, por suerte, está al margen de todo, y le pedí que siguiera manteniéndose así. La verdad es que no sé por cuánto tiempo más podrá mantenerse neutral y alejado de esos problemas, pues vive y trabaja con las personas que están ocasionándolos. Me contó que como es alto y blanco, anda desentonando con el resto del grupo, formado mayormente por indígenas, y los lugareños piensan que él es alguien allegado al ingeniero que oficia de jefe. Esta diferencia, por ahora, le juega a favor. Ojalá que la mudanza le sirva de trampolín para llegar a otros lugares donde sí pueda iniciar su carrera como luchador de judo.

De todos modos, hoy yo amanecí contento. No me pasó nada extraordinario en estos dos días, salvo el gozo interior de saber que tengo todas las posibilidades a mi favor. No sé de dónde saco tanta seguridad, pues por lógica nada me asegura que triunfe en mi cometido, sin embargo, aquí estoy, feliz mientras miro hacia adelante. Hubo un momento del día en que se me cruzaron por la cabeza dos personas que hasta hace poco se llamaban mis amigos y que no sé por qué todavía las quiero, y la tristeza amenazó con invadir y ganar terreno. No la dejé.

Volví a mirar hacia adelante y me sentí feliz otra vez al tomar conciencia de que estoy recuperando un viejo amor: la escritura. Hace mucho que no escribía, y soy conciente de que estoy un poco oxidado. Cuando niño, escribía todos los días durante horas y horas. Un papel en blanco no era un simple papel en blanco, era el lugar donde podían vivir personajes extraordinarios protagonizando historias y aventuras extraordinarias, con solo proponérmelo. Un papel en blanco era una invitación a poblarlo con palabras y, más allá de ellas, con realidades nuevas y posibilidades infinitas.

Muchas horas de mi adolescencia también fueron consagradas a historias y personajes que trabajé con paciencia de artesano. Inútil todo, al final, porque un buen día a mi hermano le entraron ganas de limpiar la casa y terminó llevando al fuego todo lo que encontraba en su camino y que, a su juicio, era basura. Hasta ahí llegaron una larga lista de personajes e incontables horas de historias finamente elaboradas hasta en sus mínimos detalles; los cremaron a todos el mismo día, sin preámbulos ni vueltas.

Cuando mi hermano supo lo que había hecho lamentó el genocidio pero ya era tarde. Yo, una vez repuesto del duelo, seguí escribiendo. Como lo hice siempre, escribía para mí mismo y no dejaba que nadie leyera mis historias. Una vez, mientras estaba todavía en los primeros intentos, aprendiendo el oficio de oído y sin guía alguna, una prima mía leyó uno de mis trabajos. Sin ninguna maldad y solo con intenciones de juego, comenzó a burlarse de lo que yo había escrito. Me marcó tanto la vergüenza de ese momento que nunca más le mostré nada a nadie, hasta ahora con estos relatos.

No sé en qué momento dejé de escribir. Ya adulto, me di cuenta de que antes escribía para escaparme de la realidad. Ahora vuelvo a lo que quizás fue mi primer amor. Esta vez también lo hago por placer y por terapia, porque cuando escribo, siento que las cosas cobran sentido y que puedo verlas más claramente. Escribir es, al mismo tiempo, el ancla que me ayuda a mantener los pies firmes en la tierra y las alas que necesito para desprenderme de todo lo terrenal que me ata. Paradójico, ¿no?

Como dije, nada extraordinario sucedió en estos últimos dos días. O, mejor dicho, en estos primeros dos días desde que decidí empezar a vivir de nuevo, pero estoy seguro de que algo bueno está viniendo. Por ahora, tengo la necesidad de escribir.

Tengo estas ganas locas de salir a vivir la vida, recorrer el camino hasta el fondo del alma, porque en realidad este viaje que empecé hace dos días es una travesía hacia mí mismo, una ida –y un regreso a la vez–, a mi esencia, a la persona que siempre debí ser y que nunca pude.

Voy a buscar a Emmanuel, no sé en qué parte del camino nos separamos, pero voy a buscarlo y lo voy a encontrar.

Tengo ganas de vivir y voy a hacerlo. Tengo ganas de abrazar al mundo y… ¿Sabés qué? ¡Lo estoy haciendo! Ahora, con estas palabras, lo estoy haciendo. Si acaso hay alguien ahí leyendo esto, que se quede quieto un ratito, mientras escucha la canción de abajo y termina de leer el resto de la oración porque en estas palabras va mi abrazo.

http://www.youtube.com/watch?v=7Kqlt6oTuJI

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