La Muralla

Publicado: Miércoles, marzo 14, 2012 en Uncategorized

No sé si le pasa a todo el mundo o solo a mí o quizás a unos cuantos. Uno, si darse cuenta, a veces levanta murallas que dividen la vida en dos, en tres, en todas las partes que uno crea necesarias. Tengo mis recuerdos de infancia, como todo el mundo, y hasta ayer creí que tenía mis recuerdos prácticamente completos, esos donde están la familia, la banda de amigos, los parientes, los primeros amores… Pero no, resulta que no era como yo pensaba. Ayer vino un mensajero del pasado, me subió a lo alto de una de estas murallas y me hizo ver el panorama que había olvidado. Los recuerdos que para mí eran el bosque de mi infancia resultaron ser solo dos o tres árboles que para nada cubren la extensión de toda mi niñez.

Domingo en la noche. Última fiesta de la espuma del año. Considerando que aun no acaba febrero y que la próxima fiesta sería recién en diciembre, era de suponer que todo el mundo querría estar ahí para tener después un recuerdo más que saborear hasta la llegada del próximo fin de año, que por otro lado, vaya a saber dónde nos irá a encontrar. Yo también quería estar en esa fiesta, la última, la despedida de las vacaciones, del verano, de los descansos eternamente prolongados, así que fui con un par de amigos. Estuvimos entre los primeros en ingresar al lugar, lo que ya es un signo de suerte porque cada vez que se organiza una fiesta de la espuma en ese boliche, adentro termina abarrotado de gente, con adolescentes y adultos deseosos de satisfacer todas las fantasías que las hormonas o la libido les exaltan en medio de un carnaval de espuma, perreos, música y alcohol, mientras afuera, hordas desesperadas por entrar a vivir ese carnaval cortan la avenida y generan un verdadero operativo policíaco.

El lugar se llenó rápido, al punto que tardé diez minutos en llegar a la barra, ubicada a una distancia que en situaciones normales no superaba los quince pasos. Ir al baño fue toda una aventura: apreté, me apretaron, pisé pies, me pisaron, toqué tetas, culos, caras y manos; me tocaron, me abrazaron, me manosearon y hasta me rociaron alcohol porque nunca falta un temerario al que se le ocurre cruzar el boliche de punta a punta con un vaso repleto de vino. Bailamos, nos reímos, tocamos, nos tocaron, nos bañamos de espuma y nos cansamos.

A la salida, justo donde el agua y la espuma encuentran su cauce hacia la calle, ahí donde nace y termina la cordura, de un lado con luces psicodélicas y del otro con las luces de la calle, ahí lo vi. Era mi pasado, que había cruzado todas las murallas para encontrarme con los pies mojados, en la cima de la escalera de un boliche atestado de borrachos.

Se llama Carlos Alberto. Lleva nombre de telenovela mexicana, pero yo toda la vida le dije Chango. Ya de chiquito era rechoncho como su abuelo y tirando a grandote, como el padre. A él lo recuerdo, claro que sí. Aunque hacía muchísimo tiempo que no lo veía, su cara era la misma, solo que más gorda. En realidad él me reconoció a mí primero y me habló con cierta duda. Según me dijo después, no estaba seguro de que yo fuera yo, por lo cambiado. No es el primero que me lo dice. Me gusta eso.

Me contó que gracias a sus dotes esotéricas, tenía varios seguidores en la ciudad, principalmente mujeres, y para darme una prueba de sus palabras llamó a Gisel, conocida mía que justo andaba por ahí, y ella misma dijo que le había pagado el pasaje para que Chango nos visitara, en agradecimiento por los favores recibidos. Chango tenía una hermana menor, yo no lo sabía. Surgió de entre la multitud como una aparición, y le pidió algo de plata. Cuando nos encontramos, Chango andaba con algunos amigos y un vaso enorme de cerveza, pero en los enredos de la salida, justo a la hora del alba con el boliche vomitando gente y espuma, amigos, hermana y seguidoras se le perdieron y solo quedamos el vaso de cerveza y yo. Quise despedirme pero él insistió en que fuéramos hasta su casa, que allá me tiraría las cartas. Esa era, pues, su nueva profesión.

En el camino me contó que luego de trabajar para la Gendarmería Nacional y ser guardia de seguridad, recibió la herencia de su abuela materna. La viejita le había traspasado el poder de leer en las cartas españolas lo que nosotros, mortales comunes y analfabetos, jamás podremos siquiera ver. Lo que no sé es si la viejita realizó el traspaso antes o después de morir porque en estos asuntos ambas cosas parecen ser perfectamente posibles. Como si eso fuera poco, Chango tenía también la maestría necesaria para realizar “trabajos” y gualichos con efectividad comprobada, al punto que no permitía que le pagaran sino hasta surtido el efecto de su obra. Caminamos varias cuadras hasta encontrar un remisse. Mientras él hablaba yo lo observaba desde mi conciencia nublada por el exceso de alcohol y de espuma. Desde niño, Chango tuvo bien desarrollado el valioso talento de ser buscavidas, así que no me extrañó su nuevo trabajo. Lo miraba caminar y no podía evitar la comparación con Hagrid, el gigante protector de Harry Potter. Se lo dije sonriendo y él me devolvió una sonrisa sarcástica. Parece que yo no era el primero que se lo decía.

Chango es morocho y enorme, en lo alto y en lo ancho. Su cara redonda termina en un pequeño hocico por el que se pronuncia toda clase de maldiciones, sin ningún tipo de censura ni filtro. Le gusta andar descalzo, así que apenas llegamos a su casa se quitó los zapatos, no sin antes putearme y culparme de que justo esa noche hubiera habido fiesta de la espuma. Me regañaba en voz baja, no para crear ambiente de complicidad, sino para no interrumpir el sueño de su madre, que dormía al otro lado de la ventana. Tenía los pies enormes. Esta vez se me cruzó Shrek por la cabeza, y no sé si soy el primero en quien despierta semejante comparación, pero no me animé a averiguarlo, después de todo estábamos en su cancha.

Lunes. Seis y media de la mañana. Feriado nacional. Chango se las arregló para conseguir cerveza. Pocas cosas hay más obstinadas que un borracho sediento. Ya provisto de alcohol y munido de sus herramientas de trabajo, Chango me tiró las cartas. Le pedí que me hablara del pasado reciente para comprobar la efectividad de su arte, pues me negaba a creer en el lenguaje oculto de unas simples cartas de chinchón. Me hablaba en voz baja, no tanto por la naturaleza privada del asunto, sino en consideración al sueño de la familia, pues no solo había sido la madre la que dormía, sino también el esposo y la hermana menor, que por arte de magia había desaparecido de la espuma y aparecido tendida en su cama como un bella durmiente. Me hizo tallar las cartas, luego separarlas en tres grupos y después escoger catorce cartas al azar. Sus interpretaciones no me satisfacían, así que quise asegurarme que fuera realmente el pasado reciente de lo que me estaba hablando.

_Es de todo, Em-ma-nuel –se protegió él, resaltando mi nombre-. Esto va todo junto.

_Che, Chango –me atreví a acotar con una sonrisita cómplice, no sé si animado por la confianza de los años o por el alcohol–…, no le estás acertando mucho. Bah, fuera de la parte laboral, no estás acertando en nada.

_Sí, Em-ma-nuel –me contradijo él–, solo que vos no lo querés aceptar.

_¿Pero vos estás seguro que esto funciona? Capáz que como estás… medio tomadito, no estás leyendo bien.

_Funciona, Emmanuel. Funciona. Además, ¿sabés qué dicen mis clientas? ¿Qué dicen mis clientas, mamá, qué pasa cuando tomo?

_Leés mejor –respondieron desde atrás de la ventana.

Chango quiso convencerme de que todo lo que él decía era cierto, pero al ver que sus palabras no me hacían cambiar de opinión, me dio un par de consejos para el futuro cercano, recogió las cartas, las guardó en la cajita en las que habían llegado y dio por finalizada la sesión. Inmediatamente comenzó a hablar de mi infancia, sin transición entre un asunto y el otro. Estaba comenzando sus relatos cuando llegó su hermano un poco borracho, haciendo bulla y alertando a los perros. Chango le dijo que callara, pues madre, pareja y hermana dormían todavía. El hermano se sentó a la mesa con nosotros y Chango continuó su exposición. Contaba hechos que, se supone, yo viví con él y con los otros amigos de la infancia. Mientras él hablaba, yo urgaba en mis recuerdos, pero no encontraba ni pizca de lo que él decía. Daba nombres, descripciones, detalles de los hechos, pero yo seguía sin poder recordar. Se esforzaba por llevarme al pasado o por traer el pasado hacia mí, pero no servía de nada, parecía que hablaba de otra persona que yo ni siquiera conocía. De a ratos salpicaba sus esfuerzos con maldiciones, o se detenía en un rosario de malas palabras cuando él mismo no recordaba bien un nombre o un apellido.

_¡Ay, mierda! ¡Cómo se llamaba la madre del chango éste, la que se murió, pues! –renegaba él.

_Ramona –contestaban desde atrás de la ventana.

_¡Ésa! ¿Acaso no te acordás de ella? ¿Y del hijo? ¡No te acordás del hijo! ¡Era tu amigo, hijo de puta, era tu amigo!

Y yo seguía sin recordar. Hacía mucho esfuerzo, lo juro, pero parecía que me estaban hablando de alguien que yo jamás había visto. Se siente feo no recordar lo propio, no saberlo. Hablaban de mí, de cosas que hice y que viví en carne propia, pero no podía recordar nada de nada. Era otra persona la que había vivido esa vida, alguien que yo no conocía.

Recordé, sí, a Marcela, la chica que vivía al frente de mi casa y de quien yo estaba enamorado, pero recién en las narraciones de Chango me enteré que yo lo había mandado a él a meterse a la casa de ella cuando estaba vacía, para dejarle una carta de amor que yo mismo había escrito, y que después, cuando él fue descubierto por los padres de Marcela, me deshice del asunto asegurando que Chango había entrado a robar.

Siempre me vi a mí mismo como un chico tranquilo, pero ahí me enteré que era yo quien propiciaba aventuras que en más de una ocasión revolucionaron a la cuadra entera y algunas de ellas hasta amenazaron con romper la paz entre los vecinos. A una de las chicas adolescentes de la cuadra que andaba toda alborotada con sus sueños de ser modelo y que nos propinó sendas cachetadas por un inocente globo de agua en pleno carnaval, le hicimos pagar la falta de espíritu con un baño de alquitrán, y pasaron días enteros tratando de quitárselo de la cabeza (supuestamente, lo del alquitrán fue idea mía); al mismo Chango lo engañé para hacerle morder la cola con un perro y llevarme su bicicleta nueva; a él también lo expuse a un yacaré que casi almuerza su brazo y, de paso, casi me almuerza a mí (de esto último sí me acuerdo, cómo olvidarlo, pero lo del brazo no; del revuelo que hubo entre los vecinos por culpa del yacaré, tampoco); para conseguir dinero fácil se hacía tráfico de cigarrillos con Doña Clelia, una señora obesa y con los pulmones a la deriva que tenía estrictamente prohibido acercarse al tabaco (supuestamente, ése traficante también era yo, pues nada se había dicho de que el tabaco se acercara a ella); una vez conseguimos permiso para ir al cine a ver películas de niños, pero nosotros nos escondimos entre los telones de la sala para ver las películas del horario de la noche y la trasnoche, así que mientras nuestras madres lloraban y nos hacían buscar con la policía, nosotros disfrutábamos de nuestros primeros acercamientos a la pornografía (según Chango, eso también fue idea mía). Hubo un muerto también, pero ese no fue mi culpa. Se trataba de un vecino que nos invitaba a jugar a la bolilla en la vereda de su casa. Quiso Dios que el hombre cayera muerto de un ataque justo cuando estaba conmigo, pero esta vez yo no hice nada, lo juro. No lo recuerdo, pero lo juro porque de haber hecho algo tampoco podría olvidarlo.

El día se escurrió entre estos recuerdos. Chango no me dejaba partir. Luego de muchos intentos de marcharme a descansar, pude volver a mi casa en la tarde, confundido por la cerveza y los recuerdos que no recordaba. Salí a la avenida, pero me sentí caminando en una calle del pasado, peleando por alcanzar el presente que se me desvanecía en la bruma del alcohol. Atrás quedaban la Bella Durmiente que, haciendo honor al nombre, nunca despertó hasta que yo me fui; la madre que finalmente despertó, dio la cara y siguió con su aporte de datos a la cronología; el hermano, que terminó divagando como un zombie por la casa porque en toda la tarde no pudo ganarle a la borrachera; Chango, que en venganza por mi pronta partida, aseguró que no haría ningún gualicho a mi favor como lo había prometido horas atrás.

Me baño y me acuesto. Me duele la cabeza. El sueño empieza a ganarme. Mientras me lleva me pregunto lo mismo que me pregunté desde que salí de aquella máquina del tiempo escondida en una calle perdida de un barrio lejano. ¿Por qué no recuerdo nada de mí? Tengo tan poquitos recuerdos de mi infancia y de mi adolescencia, pero hasta ahora pude darme vuelta con estos pocos. ¿Acaso yo elegí qué mantener y qué descartar? Creo que sí. Hay cosas que preferiría que no hubieran sucedido y supongo que una forma de cambiar el pasado es olvidándolo. Tengo la impresión de que Chango apareció de nuevo en mi vida como lo hacen algunos personajes-mensajeros de las series de televisión: están uno o dos capítulos y se van, pero en ese capítulo te dejan nuevas cosas para pensar.

A punto de dormirme, sigo de pie sobre la muralla. Chango me hizo pensar en todo lo que fui, en lo que soy y en lo que quiero ser. Hace unos días, con la partida de mi amigo Lautaro, decidí comenzar de nuevo. Hay sucesos detrás de todas mis murallas que no me dejan apropiarme de los recuerdos que me regaló Chango, al menos por ahora. Me propuse celebrar mi cumpleaños con amigos de verdad y hasta con una novia fija, pero todavía tengo que encontrarlos, construir recuerdos nuevos porque los que me convidaron hoy son de otra persona. Esas murallas deben continuar de pie, las necesito. Voy a bajarme, quiero dormir.

Tengo sueño. Tengo sueños. Cierro los ojos y me entrego al silencio y a la oscuridad.

http://www.youtube.com/watch?v=zEVwgub5Ul0

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