Juntos A La Par

Publicado: Domingo, marzo 18, 2012 en Uncategorized

Los días siguientes a la partida de Lautaro tenían un sabor extraño.  Ya me había acostumbrado a su presencia, así que sentía la ausencia de Superman, como lo llamaba yo, y extrañaba las horas de risas, mates y charlas que compartíamos. Pero por otro lado estaba feliz porque cada día era una nueva posibilidad de lograr el propósito de encontrar un amor y unos amigos de verdad, y no quería desperdiciar ni un solo día en esa búsqueda.

Apenas Lautaro se fue dejé de ver a Bella, a Morena y a Rocío, pues la partida de mi amigo coincidió con la llegada del esposo de Bella a la ciudad, de modo que ellas debieron cuidar las apariencias durante varios días. Volvieron a casa luego de que el esposo de Bella viajara nuevamente para continuar su trabajo. En cuanto a la pareja de Morena, que era hermano de Bella, no trabajaba ni viajaba, gastaba su tiempo merodeando por ahí en compañía de sus amigos, pero casi no representaba problema para las chicas porque la relación que Morena había establecido los eximía a ambos de dar explicaciones.

Bella y Morena regresaron a mi casa un viernes, diez días después del último encuentro. Me alegré de verlas y de poder compartir nuevamente un tiempo con ellas. Ronaldo y Rocío no estaban presentes, pues desde el principio ellos habían arreglado sus encuentros de manera separada, para comodidad de ambos. Charlamos de todo; ellas dieron un informe completo de lo que hicieron durante los días que no nos habíamos visto y yo, que soy parco para las palabras si de hablar de mí se trata, desvié la conversación a cuestiones triviales cuando me llegó el turno de informar. Llevábamos la charla en zigzag, de un tema a otro, pero su epicentro siempre fue Superman. Bella lo extrañaba y trataba de llenar el vacío con palabras y recuerdos que le alivianaran la nostalgia. El problema era que no tenía muchos recuerdos porque había sido poco el tiempo compartido, así que recurrió a mí para que le ayudara a paliar la ausencia.

Yo atendía de buena gana su necesidad, tanto porque me gustaba compartir tiempo con las dos como porque en parte esa necesidad también era la mía. La primera vez que regresaron luego de no vernos por tantos días, fue un aliciente para los tres, y se notaba que queríamos estar juntos.

Como Bella había ido con uno de sus hijos, Morena estuvo detrás de él todo el tiempo, ya jugando, ya cuidándolo. Debió haber sido que yo la miraba con otros ojos, o quizás fue por esa intuición que tienen las mujeres y que raras veces falla o tal vez fue el simple gusto de completar el emparejamiento de los seis, no sé, pero Bella me indagó sobre Morena. Terminé diciéndole que sí, que me gustaba, pero se lo dije con cierta cautela. Mis pensamientos se enredaban en la ética del asunto, pues no se trataba de ir y hablar como si nada, después de todo, el marido de Morena era el mismísimo hermano de Bella. Por eso me sorprendió la actitud de Bella, que parecía aceptar la posibilidad de que algo surgiera entre su cuñada y yo. De todas maneras, traté de ser cauteloso con las palabras. Había conversado con Morena y me había enviado señales confusas. Deduje que quizás quería algo pero no se animaba a más porque pensaba en su cuñada y en la difícil situación en que la pondría si llegase a ser cómplice de un engaño a su propio hermano.

Al final de la noche, ellas no querían irse y yo tampoco quería que se fueran, pero las circunstancias y el teatro montado ante la familia exigían la partida. Prometieron volver al día siguiente, y así lo hicieron.

Cuando se fueron esa noche, me enfrasqué en pensamientos inútiles. Morena me gustaba, tenía una personalidad que me resultaba atractiva, una mirada que me llenaba todos los espacios vacíos y una boca que, a pesar de proferir maldiciones todo el tiempo, no perdía su sensualidad ni su delicada forma de beso. Era conciente de que me había propuesto buscar un amor de verdad y no meras compañías de sábanas; era conciente de que Morena ya estaba en pareja con alguien; era conciente de la contradicción de que, si llegaba a suceder algo entre los dos, debía mantenerse en la clandestinidad y eso justamente era lo que quería evitar en mis relaciones; era conciente de que casi nada estaba a mi favor, salvo mis ganas y mi prolífica imaginación que ya varias veces antes me había jugado en contra. Era conciente, pero mi imaginación encontraba modos de que ella y yo termináramos juntos sin que nadie resultara herido; algo me decía que ella podía acompañarme a caminar hacia adentro, en la búsqueda de mí mismo que había emprendido un tiempo atrás; la veía a mi lado, desandando mis caminos y abriendo otros nuevos junto a mí. La evaluaba en un hipotético día a día y aprobaba todos los exámenes. Estaba dispuesto a que algo, cualquier cosa, se iniciara en la clandestinidad, estaba dispuesto a jugar de suplente por un tiempo –corto–, pero tenía en claro que, para no perder el honor, en algún momento las reglas de ese juego debían volcarse a mi favor. Pensamientos inútiles todos porque no solo que ninguno aportaba claridad a la situación, sino que me mantenían enredado en un proyecto de relación que no terminaba de definirse.

Bella y Morena aparecieron el sábado a las seis o siete de la tarde, tal como lo prometieron. Acompañamos la charla y las risas con unos cuantos cigarros. Al caer la noche, le sumamos unos vinos a la reunión. Bella volvió a hablarme de Morena, pero esta vez de un modo que me alentaba a avanzar, endulzándome el oído con la posibilidad de que el gusto que yo sentía fuera mutuo. Y  yo, que ya comenzaba a perderme en los vapores del alcohol, me sentí más seguro después de sus palabras. Aun así, la vocecita que me hacía ruido con el asunto de la ética se las arreglaba para hacerse escuchar de vez en cuando.

Era de madrugada ya cuando a Bella se le ocurrió la perfecta excusa de retirarse para acompañar el sueño de su hijo, que dormía plácidamente en mi cuarto. Los vinos que nos habíamos tomado continuaron su efecto en mí, pues no sé beber demasiado, pero parecían no encontrar todavía el camino hacia la conciencia de Morena, que seguía lúcida y en todos sus cabales.

Estuvimos un rato a solas. Volvió a darme sus quejas del marido que, aunque estaba, parecía ausente y más ocupado en sus propios amigos que en su pareja. La convivencia parecía rutinaria, mecánica, y la única pasión que les quedaba surgía solo en los momentos de discusión.  Sentí la necesidad de decir algo para aportar, si no una solución, por lo menos un alivio, pero la persistente vocecita me decía que no era ético que justamente yo, que quería besarla y hacerla mía, que quería verla dormirse en mis brazos y no en los de él, que quería despertarla en mi cama y no en la suya, opinara al respecto. Hablé tratando de ser neutral y coherente hasta donde mi apocada razón me lo permitió. Ella me miró y me escuchó con atención.  Pensaba vaya Dios a saber qué cosas. Luego tomó la computadora, se conectó a internet y se refugió en Facebook. Por un segundo me pareció un alivio porque ya no éramos yo y mi falta de labia su único punto de interés, pero luego odié el sitio, odié sus aplicaciones, en especial el chat, y al mismísimo Mark Zuckerberg por haberlo creado. Morena encontró conectados a algunos de sus amigos y se concentró más en ellos que en mí. Sin mirarme siquiera, me comentó que su hermano, que andaba enojado con ella, se había conectado al chat –sí, a esa hora de la madrugada– y se debían una charla importante la cual, conociéndolo a él, no iba a ocurrir nunca en vivo y en directo. “¡Mark Zuckerberg, cómo te odio!” Con la excusa de darle privacidad y espacio para que mantuviera la charla importante con el hermano dolido, me levanté resignado para irme a dormir. No me dejó ir. Insistí. Ella insistió más. Así que me senté de nuevo, animado no sé si por sus palabras o por el vino tinto que ya se había apoderado de mis venas y daba sus estocadas finales a la vocecita de mi endeble conciencia.

Quizás fueron ambas cosas. Me quedé a su lado y guardé silencio para no interrumpir sus pensamientos ni la charla importante con el hermano. No sé en qué momento noté su brazo desnudo que apenas si movía los dedos para apretar las teclas de la computadora y comencé a acariciarlo despacio, suavecito. Cuando levanté la vista, Morena lloraba, al parecer el hermano había desahogado su enojo más de la cuenta. Le sequé las lágrimas con delicadeza y no la besé solo porque soy un tonto sin remedio.

Cuando terminó la charla con el hermano herido ella se recompuso y nos fuimos a dormir. Mi cama es grande, así que nos acomodamos los cuatro, Bella, su hijo, Morena y yo. El que mejor descansaba era el niño, que de a ratos se movía a sus anchas y adoptaba poses inverosímiles. Apagué la luz de la lámpara y me acomodé en la orilla de la cama. Pasé un brazo debajo de la cabeza de Morena y con el otro le tomé una mano y la abracé. Ella se dejó. La luz de la luna entraba por la ventana con cierta timidez. El hijo de Bella se movió y nos destapó una vez más, así que me levanté para acomodar las sábanas. En la penumbra, pude ver la silueta de Bella recortada contra la pared, quieta como una figura dormida. Me acerqué a la boca de Morena y sin preámbulos ni trámites la besé. Le recorrí los labios perfectos y los saboreé con calma. Ella respondió a todo con similares movimientos. Nos besamos con delicadeza. Acaricié sus labios con los míos, despacio, suavecito. Luego me recosté de lado, ella se acomodó en mi pecho y nos dormimos abrazados.

Cuando las primeras luces del cielo entraron por la ventana, Morena y yo dormíamos. Abrí los ojos y fui feliz al verla ahí, a la par mía. Contemplé su rostro de nena, le deseé los buenos días con el corazón y así, con la mirada, la acaricié despacio, suavecito. Seguíamos abrazados, yo tomándola por la cintura, ella, muy juntito a mí, sin soltarme ni un momento.

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